Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

lunes, 19 de octubre de 2009

Carta a un amigo

Madrid, noviembre de 2001

Querido Luís: 
        
         Hace ya bastante tiempo que no hablamos entre tú y yo de todo aquello que nos acontece en nuestra vida.
        
        Comprendo que hoy no nos es fácil a ninguno de los dos el hecho de sentarnos cara a cara ante una mesa y contarnos nuestros problemas.

        ¿Te acuerdas cuando me decías, cada vez que sacaba el tema de mi separación con mi ex-mujer, que ya me dijiste en una ocasión que no pensabas hablarme más de ello? Bien, pues está claro que nos hicimos caso y no volvimos a hablar de ello. Pero en su día fue necesario hacerlo y es reconfortante saber que siempre hay un amigo que está dispuesto a escucharte.

No obstante era mi problema y era yo quien debía resolverlo. Y ese problema ya no existe. Para mi todo terminó, para bien o para mal.

Como es normal entre amigos, y tú siempre lo serás para mí, a todos nos gusta de vez en cuando contar nuestras historias, locuras, aventuras o preocupaciones. ¡Pero qué coño! Esto es lo más normal, Luís.

Lo que no es normal es el que nos cerremos en banda y no seamos capaces de contarnos ni tan siquiera lo que nos está pasando. ¡Qué tipo de personas somos! ¡En qué nos hemos convertido!

Luís, sé de sobra lo que te pasa y a mí no me vas a engañar por mucho que lo intentes.

Además entiendo que te encuentres mal. Al fin y al cabo es como para preocuparse, caramba, pero no entiendo por qué tratas de ocultárselo a tus amigos o a los seres más queridos. ¿Piensas acaso que vamos a pensar de ti que eres un apestado? ¿Crees que no tenemos corazón? El estar enfermo no es algo terrible, lo que es terrible es no hacer nada por solucionarlo.

Perdona que te diga esto, Luís, pero tengo la sensación de que últimamente te escondes de tus amigos, de tu familia, de todo quien te rodea e incluso de ti, sobre todo de ti mismo. No entiendo nada. Si sabes lo que te pasa, ¿Cómo es que no reaccionas? ¿Acaso quieres suicidarte? ¿Es que tu vida no te importa?

No quiero meterme en donde no me llaman, pero he de decirte que tu vida sí que nos importa a más de uno, querido amigo, y yo no quiero perderte sin antes decirte lo que siento.

Puede que pienses que yo ya tengo bastantes problemas en mi actual situación. Tal vez, pero no son lo suficiente graves como para no fijarme en los tuyos. Aunque andes escondiéndote de mí.

Y me fijo porque tengo la sensación de que te estás matando y eso me duele. Veo que no pones nada de ti, ni haces nada por remediarlo. Nada de nada.

Me quieres decir para qué coño vas a trabajar estando como estás. La empresa te lo va a  agradecer de la misma forma. Es decir, de ninguna. Parece mentira que después de tanto tiempo trabajando en ella no lo hayas aprendido.

Y si lo que me vas a decir es que no es por la empresa si no por ti, que no aguantas estar en casa solo, déjame que te diga una cosa: Claro que no debes estar en casa solo. Donde deberías estar, teniendo en cuenta tu salud, es en el hospital curándote a fondo, y desde hace tiempo. ¿No te das cuenta de tu estado físico actual, amigo? ¿Crees que estás para ponerte a trabajar y olvidarte de todo así como así? De verdad, Luís, no juegues con tu salud.
Recuerda siempre que los malos tragos hay que compartirlos con los demás y que tener engañada a la gente no sólo no sirve de nada si no que a la larga se vuelve contra nosotros. Y engañarte a ti mismo sí que es penoso, y sé de sobra de lo que te estoy hablando, compañero.

Tal vez estés deprimido y no te des cuenta de lo que haces. Tal vez.
Tal vez te angustie la enfermedad y sus consecuencias. Tal vez.
Tal vez hayas descubierto que, después de todo, no eres tan feliz como te esperabas. Tal vez.
Tal vez hayas tomado la determinación de vivir alegremente y sin problemas lo que te quede. Tal vez.

Aún así, nada de todo esto te da derecho a querer matarte, a querer suicidarte. No sin antes hablar de ello con todos los seres queridos, con todos los que te rodeamos y que, de alguna manera, podemos ayudarte, aunque sólo sea dándote aliento, cariño o compañía y haciendo que tu enfermedad sea más llevadera.

Con todo, siempre esperaré que recibas esta mi carta con todo el respeto que te mereces y que, en ningún caso, pienses que se trata de una crítica que te hago o un afán de menospreciarte.

Siempre sabes que he intentado decirte las cosas como las pienso y que no creo que ello sea un crimen. Si todo el mundo dijera lo que piensa de corazón y se dejara de falsedades, este mundo iría mucho mejor.

Luís, en serio, cuídate y disfruta lo más que puedas de tu vida (sobre todo de eso), de tu compañera (que seguro que lo estará pasando mal), de tus tres hijos, de tu familia, de tus amigos y de todos aquellos seres a los que le tengas cariño.
Sin nada más que decirte, se despide de ti tu amigo del alma, RICARDO.



 P.D.: Mi querido amigo Luís murió a las tres de la mañana del 17 de julio de 2002 como consecuencia de una cirrosis degenerativa en estado terminal,  enfermedad de la que tanto él como yo éramos conscientes desde hace más de dos años. El fin se venía venir. 

        Creo que los dos sabíamos como acabaría todo, pero Luís nunca se cuidó y tampoco se atrevió a pedir ayuda, ni tan siquiera decir nada a nadie. Tampoco yo le dije nada. ¿Para qué? Todo estaba claro. ¿O no? Nunca quiso escuchar a nadie en relación al tema.

Carmen, su compañera (por llamarla de algún modo no ofensivo) le abandonó al saber que su enfermedad no tenía solución con la excusa de que no se cuidaba y le engañaba en los últimos tiempos al no hacerlo como hubiese querido ella.

¿Lo tenía claro Luís desde que le pronosticaron la enfermedad hace años? ¿Tomó la decisión más correcta? ¡Quien sabe!

Sus tres hijos estuvieron al pié del cañón hasta el último día. Sacrificaron tardes, noches, vacaciones y vida propia con tal de ayudar a su padre hasta su muerte. Todo un detalle. Lástima que no lo tuviesen años antes.

Por mi parte, tuve la suerte de poder despedirme de él antes de que se fuese para siempre. Fue el domingo anterior, 14 de julio de 2002 a eso de las nueve y media de la noche.

Cuando me llamó su hijo Carlos a eso de las tres y diez de la madrugada del 17 de julio, sentí morirme. Una amistad de más de veintitrés años se esfumaba entre mis dedos sin poder evitarlo. Luís fue y será siempre uno de los mejores amigos que he tenido, lo crean o no.

Que Dios lo tenga en su gloria.

Y perdóname compañero, pero no tengo ninguna prisa por reunirme contigo allí en le cielo. Tiempo habrá para compartir un par de chatos en alguna taberna celestial. Hoy por hoy prefiero vivir un poco más, si es que no te incomoda demasiado.

Con todo cariño: RICARDO.

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