Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

lunes, 19 de octubre de 2009

Carta a un amigo

Madrid, noviembre de 2001

Querido Luís: 
        
         Hace ya bastante tiempo que no hablamos entre tú y yo de todo aquello que nos acontece en nuestra vida.
        
        Comprendo que hoy no nos es fácil a ninguno de los dos el hecho de sentarnos cara a cara ante una mesa y contarnos nuestros problemas.

        ¿Te acuerdas cuando me decías, cada vez que sacaba el tema de mi separación con mi ex-mujer, que ya me dijiste en una ocasión que no pensabas hablarme más de ello? Bien, pues está claro que nos hicimos caso y no volvimos a hablar de ello. Pero en su día fue necesario hacerlo y es reconfortante saber que siempre hay un amigo que está dispuesto a escucharte.

No obstante era mi problema y era yo quien debía resolverlo. Y ese problema ya no existe. Para mi todo terminó, para bien o para mal.

Como es normal entre amigos, y tú siempre lo serás para mí, a todos nos gusta de vez en cuando contar nuestras historias, locuras, aventuras o preocupaciones. ¡Pero qué coño! Esto es lo más normal, Luís.

Lo que no es normal es el que nos cerremos en banda y no seamos capaces de contarnos ni tan siquiera lo que nos está pasando. ¡Qué tipo de personas somos! ¡En qué nos hemos convertido!

Luís, sé de sobra lo que te pasa y a mí no me vas a engañar por mucho que lo intentes.

Además entiendo que te encuentres mal. Al fin y al cabo es como para preocuparse, caramba, pero no entiendo por qué tratas de ocultárselo a tus amigos o a los seres más queridos. ¿Piensas acaso que vamos a pensar de ti que eres un apestado? ¿Crees que no tenemos corazón? El estar enfermo no es algo terrible, lo que es terrible es no hacer nada por solucionarlo.

Perdona que te diga esto, Luís, pero tengo la sensación de que últimamente te escondes de tus amigos, de tu familia, de todo quien te rodea e incluso de ti, sobre todo de ti mismo. No entiendo nada. Si sabes lo que te pasa, ¿Cómo es que no reaccionas? ¿Acaso quieres suicidarte? ¿Es que tu vida no te importa?

No quiero meterme en donde no me llaman, pero he de decirte que tu vida sí que nos importa a más de uno, querido amigo, y yo no quiero perderte sin antes decirte lo que siento.

Puede que pienses que yo ya tengo bastantes problemas en mi actual situación. Tal vez, pero no son lo suficiente graves como para no fijarme en los tuyos. Aunque andes escondiéndote de mí.

Y me fijo porque tengo la sensación de que te estás matando y eso me duele. Veo que no pones nada de ti, ni haces nada por remediarlo. Nada de nada.

Me quieres decir para qué coño vas a trabajar estando como estás. La empresa te lo va a  agradecer de la misma forma. Es decir, de ninguna. Parece mentira que después de tanto tiempo trabajando en ella no lo hayas aprendido.

Y si lo que me vas a decir es que no es por la empresa si no por ti, que no aguantas estar en casa solo, déjame que te diga una cosa: Claro que no debes estar en casa solo. Donde deberías estar, teniendo en cuenta tu salud, es en el hospital curándote a fondo, y desde hace tiempo. ¿No te das cuenta de tu estado físico actual, amigo? ¿Crees que estás para ponerte a trabajar y olvidarte de todo así como así? De verdad, Luís, no juegues con tu salud.
Recuerda siempre que los malos tragos hay que compartirlos con los demás y que tener engañada a la gente no sólo no sirve de nada si no que a la larga se vuelve contra nosotros. Y engañarte a ti mismo sí que es penoso, y sé de sobra de lo que te estoy hablando, compañero.

Tal vez estés deprimido y no te des cuenta de lo que haces. Tal vez.
Tal vez te angustie la enfermedad y sus consecuencias. Tal vez.
Tal vez hayas descubierto que, después de todo, no eres tan feliz como te esperabas. Tal vez.
Tal vez hayas tomado la determinación de vivir alegremente y sin problemas lo que te quede. Tal vez.

Aún así, nada de todo esto te da derecho a querer matarte, a querer suicidarte. No sin antes hablar de ello con todos los seres queridos, con todos los que te rodeamos y que, de alguna manera, podemos ayudarte, aunque sólo sea dándote aliento, cariño o compañía y haciendo que tu enfermedad sea más llevadera.

Con todo, siempre esperaré que recibas esta mi carta con todo el respeto que te mereces y que, en ningún caso, pienses que se trata de una crítica que te hago o un afán de menospreciarte.

Siempre sabes que he intentado decirte las cosas como las pienso y que no creo que ello sea un crimen. Si todo el mundo dijera lo que piensa de corazón y se dejara de falsedades, este mundo iría mucho mejor.

Luís, en serio, cuídate y disfruta lo más que puedas de tu vida (sobre todo de eso), de tu compañera (que seguro que lo estará pasando mal), de tus tres hijos, de tu familia, de tus amigos y de todos aquellos seres a los que le tengas cariño.
Sin nada más que decirte, se despide de ti tu amigo del alma, RICARDO.



 P.D.: Mi querido amigo Luís murió a las tres de la mañana del 17 de julio de 2002 como consecuencia de una cirrosis degenerativa en estado terminal,  enfermedad de la que tanto él como yo éramos conscientes desde hace más de dos años. El fin se venía venir. 

        Creo que los dos sabíamos como acabaría todo, pero Luís nunca se cuidó y tampoco se atrevió a pedir ayuda, ni tan siquiera decir nada a nadie. Tampoco yo le dije nada. ¿Para qué? Todo estaba claro. ¿O no? Nunca quiso escuchar a nadie en relación al tema.

Carmen, su compañera (por llamarla de algún modo no ofensivo) le abandonó al saber que su enfermedad no tenía solución con la excusa de que no se cuidaba y le engañaba en los últimos tiempos al no hacerlo como hubiese querido ella.

¿Lo tenía claro Luís desde que le pronosticaron la enfermedad hace años? ¿Tomó la decisión más correcta? ¡Quien sabe!

Sus tres hijos estuvieron al pié del cañón hasta el último día. Sacrificaron tardes, noches, vacaciones y vida propia con tal de ayudar a su padre hasta su muerte. Todo un detalle. Lástima que no lo tuviesen años antes.

Por mi parte, tuve la suerte de poder despedirme de él antes de que se fuese para siempre. Fue el domingo anterior, 14 de julio de 2002 a eso de las nueve y media de la noche.

Cuando me llamó su hijo Carlos a eso de las tres y diez de la madrugada del 17 de julio, sentí morirme. Una amistad de más de veintitrés años se esfumaba entre mis dedos sin poder evitarlo. Luís fue y será siempre uno de los mejores amigos que he tenido, lo crean o no.

Que Dios lo tenga en su gloria.

Y perdóname compañero, pero no tengo ninguna prisa por reunirme contigo allí en le cielo. Tiempo habrá para compartir un par de chatos en alguna taberna celestial. Hoy por hoy prefiero vivir un poco más, si es que no te incomoda demasiado.

Con todo cariño: RICARDO.

Me encantaría

Madrid, julio de 2006 

          Me encantaría irme lejos, sin que nadie me conociese ni buscase, relajado, sin compromisos para con nadie, ni para mi. Deambular por los prados y los caminos, en busca de un paisaje maravilloso que me colme de felicidad y sosiego. También me encantaría estar aquí, en mi Madrid, sin hacer nada más que pasear y vivir, disfrutar de mi casa y de mi gato, de comer tranquilo y echarme buenas siestas, ver un montón de dvd's y acostarme sin hora, sea la que sea. 

          Pero lo que realmente sería fantástico es poder hacer las dos cosas juntas, pasear y perderse, descansar y tomarse un aperitivo en el lugar más inhóspito y perdido, comer en casa y disfrutar de unos buenos dvd's, echarse la siesta y volver a pasear y ver paisajes y disfrutar de las maravillosas vistas de la montaña, la mar y los valles. 

          En una palabra, que lo que más me desearía es estar en mi futura casa, en San Vicente de la Barquera, en Cantabria, y dedicarme a lo que más me gusta, pasear y ver, disfrutar de mi entorno, del paisaje, de la relajación, de poder estar tranquilo, en casa, pero tranquilo... 

          Y lo que ya sería un verdadero placer de dioses es que esto fuese a tu lado, acompañado de la persona a la que quiero desde hace más de un lustro. Sería un auténtico orgasmo sensorial compartir el resto de mi vida contigo, allí, lejos, perdidos del mundo y de todos, sólo nosotros y nuestros pocos amigos. Lejos de todo lo conocido hasta ahora, lejos de ruidos, humos, prisas, chillidos, malas caras, marujeos y cualquier mierda que nos desasosiega, que nos hace estar siempre en guardia, como si tuviésemos que defendernos de la escoria, de la nada. 

          Si y mil veces si, sería eternamente feliz allá en donde el tiempo no tiene nada que ver con todo esto.

El tren a ninguna parte

Madrid, diciembre de 2001


          Y la vida continúa, golpe a golpe, sin descanso, mientras que una frágil lluvia cae sobre la ciudad, mojando todo lo que encuentra a su paso. Calando hasta lo más profundo mi cuerpo y mi alma, desnuda y sola, mientras paseo lentamente por las vías del tren, ese tren a ninguna parte que desde aquí me llevará a la nada, lo más lejos posible de la realidad. 

          Perdido entre nubes y rayos, lejos de este mundo cruel, de la mentira, de la incomprensión y de la burla fácil y estúpida. Este tren parado en vía muerta que me llevará a ninguna parte, me sirve de refugio mientras cae más fuerte la lluvia y los sentidos se me nublan entre lágrima y lágrima que brotan de mis ojos enrojecidos, mientras recuerdo días de felicidad junto al bravo mar de mi pueblo ensoñador que ya formará siempre parte de mi. 

          ¿Que quieres? ¿Que dices? No sé que pasa a mí alrededor, pero miles de preguntas y de respuestas surgen de la nada como disparos de metralleta. La nada desaparece y surges tú, ¡Ay! ¿Que haces ahí? No recibo respuesta, que de la nada sólo se puede esperar eso, nada. Es un fantasma en mi mente o una pesadilla andante. 

          Levanto la cabeza y veo el mar, azul intenso, precioso. ¿Dónde estoy? ¿Que pasa? El tren hace tiempo que comenzó su viaje, pero no viaja a la nada, que la nada hace tiempo que desapareció, ahora viaja por la tristeza y la soledad, por la melancolía. Adiós melancolía, lo siento pero no quiero tenerte de compañía. Me apeo de este tu tren de amargura y me vuelvo, aunque sea paso a paso, aunque cueste mil años el paseo, que ya tengo pase en la felicidad y en la tranquilidad y ambas me esperan con los brazos abiertos.

          ¿Donde dices que estas amor? El amor se que me espera en cualquier esquina, es fácil conocerlo, lleva siempre una sonrisa abierta y sincera y recibe a los viajeros con los brazos abiertos, con su corazón lleno de felicidad y pasión. Felicidad que bonito nombre tienes. Esperanza, no me olvides. Caridad, apiádate de mí.

Un día de piscina

Madrid, septiembre de 2002

      Esta mañana me levanté con ganas de ir a la piscina. Llevo ya quince meses viviendo en la zona y aún no he entrado nunca en la piscina de Peñuelas, que es la que veo siempre que paso por el paseo de la Esperanza en dirección a la “Taberna de mi abuelo”, donde suelo tomarme unas cervezas con los amigos.

       La verdad es que no soy muy piscinero, pero como no he salido a ninguna parte de vacaciones esta quincena, creo que no viene mal darse un baño y disfrutar de los últimos rayos de Sol del verano.

Estar tumbado sobre el cesped de la piscina me resulta muy apetecible. Mientras una suave brisa roza mi piel, decenas de jilgueros revolotean en rededor mío en busca de restos de comida que llevarse en el pico.

Es muy agradable seguirles con la vista.

De vez en cuando también se acercan unas cuantas  palomas, pero los jilgueros son más astutos y llegan antes que éstas a los restos.

Desde donde estoy situado, al fondo bajo un árbol, siento el chapoteo de la gente que se baña en la piscina, las voces de quienes me rodean y una música flamenca, bastante agradable por cierto, que llega desde un radiocassette que llevan un grupo de chavales.

No hay demasiada gente. Quizá los mismos de siempre, aunque a mí, por ser la primera vez que entro, no me suenan sus caras.

Es todo un espectáculo ver a las señoras paseando tranquilamente por el borde de la piscina mientras comentan entre ellas la boda de la hija de Aznar, que por cierto se celebra esta misma tarde, a varios señores ya jubilados hablando de su juventud y de aquella época en la que fueron trabajadores en activo mientras se masajean suavemente su prominente barriga con las dos manos y a bastantes jóvenes que toman el sol como si éstos últimos días de piscina fuesen imprescindibles para poder seguir luciendo el bronceado durante el resto del año. Al final acabarán perdiéndolo, como es normal.

Una mujer madura, entre cuarenta y cuarenta y cinco años, se sitúa junto a mí. Más bien, casi encima de mí. Mira que hay espacio, pues nada, prefiere molestar y situarse pegada a mi como una lapa.

Me mira, la miro, me vuelve a mirar, la sigo mirando, me sonríe y yo también la sonrío.

Parece que estemos jugando, pero no es cierto. Al menos yo no, que no me interesa en lo más mínimo ni esta mujer ni el resto de los que están en la piscina. No desde el punto de vista personal, sí como curiosidad, que también se aprende observando a la gente que nos rodea. Supongo que todo ésto que está haciendo no es más que ser amable conmigo.

O no, quién sabe lo que anda buscando.

Me levanto disimuladamente y me echo un poco más atrás. Más vale no andarse con tonterías.

Ella no está mal físicamente. Es guapa y tiene buen cuerpo. Se nota que se cuída bien.

Tal vez un poco maquillada de más, teniendo en cuenta que viene a la piscina y se supone que querrá bañarse.

Saca de su bolsa una toalla, con barras banquirrojas como la camiseta del Atletico, unas gafas de sol oscuras, un spray de crema protectora y un paquete de Fortuna que deja sobre las chancletas.

Se vuelve a mirarme y se dá cuenta que sigo observándola ¿Por qué no? Tampoco voy a dejar de mirar y observar todo lo que me rodea porque a ella le inquiete. La piscina es grande y no he sido yo quien ha llegado el último. Pero no se inquieta, más bien le agrada.

Se quita la camiseta, la dobla varias veces y la coloca a modo de almohada sobre la toalla. Después se quita la parte superior del biquini, dejando al aire sus pechos. Sigue mientras tanto mirándome de reojo.

Coje el spray y se embadurna de crema por todo el cuerpo. Se tumba sobre la toalla, situando su cabeza en dirección a mis pies, se pone las gafas de sol oscuras y extiende los brazos hacia abajo, paralelos al cuerpo.

Permanece inmóvil en esa posición durante más de diez minutos, tomándo tranquilamente el sol en topless sin importarle mi presencia.

Tal vez la busca, vete tú a saber.

La vista de esta señora desde mi posición es bastante excitante. La postura que ha tomado hace que uno se fije claramente en sus pechos, en sus caderas  y en el púbis, que se le marca claramente bajo el biquini. 

Yo, por si acaso, sigo a lo mío. Miro a la gente, observo lo que hacen, escucho lo que dicen, leo el libro que me he llevado, escribo esta historia, fumo algún pitillo que otro o nado un poco en la piscina.

Me relajo totalmente y pienso en mi querida
compañera ante todo. No paro de pensar en ella ni por un instante en mi vida.

Es maravilloso sentirse enamorado.
       
       Bueno, a lo que iba. Lo que me resulta más curioso cuando observo a la gente, es ver cómo actúan cuando están en una piscina y se saben todos con menos ropa que de costumbre.
        
      Y no me refiero a la gente mayor, que la mayoría toma el sol, pasea y charla con los amigos y amigas, más pendientes de lo que hablan o escuchan que del resto de personas que les rodean. Ni a los niños que andan jugueteando por el cesped, ni a los jóvenes menores de treinta años que andan o vacilando con sus amigos y amigas o disfrutando de la compañía de una novia, o como quiera que se diga ahora.
      
      Me refiero a la gente “jóven” entre comillas, a esos que estamos entre los treinta y los cincuenta años. A los maduritos, como suele decirse.
      
     Parece que actuaran como si el hecho de venir a tomar el sol fuese para ellos un verdadero ritual de cortejo. Todo gira en torno al sexo. Como lo de la señora que vino a situarse junto a mí. ¿O no?
       
     Ellos se colocan en los bordes, alejados del centro de la piscina, para así poder mirar mejor a todo aquel o aquella que se sitúe en el centro y ellas, se sitúan y no casualmente, siempre ahí, en ese centro, buscando el ser miradas.
       
     Ellos con la camiseta y las gafas de sol puestas, y ellas con mil potingues sobre su piel y en topless.

Lo de la camiseta de ellos, ¿Será para disimular un poco la erección que les produce tal visión?

De vez en cuando, ellos se levantan del cesped y pasean por el borde de la piscina, pero en vez de ir a lo suyo y terminar dándose un baño refrescante, van con sus gafas de sol negras mirando de reojo a las topleteras que están cerca. Se les nota un montón.

Ellas, por su parte, no paran de dar vueltas en la toalla  en busca de la postura más excitante con la que calentar sutílmente a los mirones. De vez en cuando se levantan y se dan un remojón en la ducha, pero ésto lo hacen siempre con el biquini puesto completamente. Posiblemente les dé mucha vergüenza que la gente se fije en sus pechos cuando el agua fría les excita los pezones.

Al final ni unos ni otros entablan conversación alguna. Cada uno viene a lo suyo, a su ritual. Es como estar en el circo. Mientras unos se exhiben antre su público, otros miran y ríen.

Si de verdad quieren pasar un día agradable de verano, no dejen de pasar por la piscina de Peñuelas cualquier día de la semana menos los fines de semana, que es cuando se llena de niños gritones y molestos, de madres cotillas y mal cuidadas, de padres maleducados y más salidos que el pico de una plancha, y de cientos de inmigrantes que, aunque no se meten con nadie, dejan todo hecho un asco. De todas formas, son el futuro de nuestro país, así que habrá que hacerse la idea y tenderles la mano, empezando por mi.

Mientras te escribo

Madrid, marzo de 2002


        Mientras te escribo estas líneas escucho a Diana Krall como canta bellas melodías de jazz al viejo estilo de los años cincuenta en Bourbon Street. Es muy relajante escucharla. Un encanto como canta esta bella mujer cada canción.

Y me trae tantos recuerdos de amor, de cariño recibido, de pasión vivida, que no puedo por menos que sentir dentro de mí un fuerte escalofrío, una fuerte sensación de placer que recorre lentamente mi desgarrada garganta por el tabaco, mi corazón herido por la crueldad de este mundo injusto y mi cuerpo desnudo y cansado después de sentir que he tirado ventisiete años de vida, de saber que he vivido sin sentido alguno con alguien que no se lo mereció nunca.

Quisiera hacer balance de mi existencia, de mis cuarenta y cinco años largos, pero en este momento y en este lugar sólo quiero recordar tiempos felices y dichosos. Aquellos de mi infancia, en los que la inocencia era la razón de mi existir y mis padres el infinito, o aquellos de la adolescencia, despertando al amor en los brazos de una dulce y preciosa chiquilla de catorce años; o los de la juventud, cuando te corrías mil y una juerga hasta el amanecer, rodeado de buenos amigos; o ya de adulto, sintiendo el placer de ser padre de una hija como Ana. Algo maravilloso, lo juro. O, para terminar, como en esta madurez, entre tus brazos, mi muy amada María, y que Dios te lo pague allá en el cielo, que yo ya lo haré en esta viva e incluso si me apuras, más allá de la eternidad.

Ya sé que de vez en cuando hay momentos tristes en mi entorno. Ya sé que la soledad me mata poco a poco, sobre todo si no soy capaz de digerirla, pero la ilusión por vivir, por ser feliz nuevamente y por sentir de cerca tu amor, me da fuerzas para seguir adelante cada día.

A veces siento que no se puede esperar nada en esta vida, nada de nada ni de nadie. Sé bien que al final no hay nada más allá que uno mismo. Pero, mientras sentimos el placer inmenso de nuestros cuerpos desnudos y abrazados entre sábanas, una dulce mirada,  una caricia a tiempo, un beso perdido, un “te quiero” susurrado en mi oído, es más que suficiente para tener ganas de vivir feliz el resto de mis días.

No le pido a Dios que me retenga en este mundo más de lo necesario. Tan sólo le pido que lo que me reste sea lo más dichoso que pueda uno esperar. Y para ello sólo le pido que no caiga en saco roto mi amor, mi pasión sincera por tí, cariño.

      El mundo anda revuelto. La vida es cada día más complicada. Pero el amor, el verdadero amor, ese que nos vuelve locos, que nos deja sin sentido, que hace que digamos mil y una tontería, ese amor jamás debe de morir, jamás debe de extinguirse entre tú y yo, mi querida María, dulce y amado ángel de la guarda, de mi vida y mi pasión. Te quiero amor.

Tarde de cine, tarde de amor

Madrid, enero de 2001

       Ricky, que es un mocetón de apariencia anglosajona, pelo rubio, ojos grandes azul cristalino, piel sonrosada, piernas largas y muy delgado, nació hace unos quince años en una bella ciudad del mediterráneo, en tierra de naranjos y limoneros, donde la mar reposa tranquila y donde el cielo es de un azul tan intenso que entre éste y la mar no se divisa horizonte alguno, como si una gran cortina celeste cayera desde lo más alto hasta la blanca y fina arena de la playa.

Siempre está alegre y dispuesto a dar todo lo que posee. Le gusta ver feliz a la gente, preguntarse lo impreguntable y atreverse con aquello que los demás se pensarían antes dos o tres veces.

Mayte es una preciosa muchacha de cabellos rubios y lacios, de brillantes ojos verde esmeralda, con cara de ángel y piel de melocotón. Un verdadero bomboncito.

Ricky anda loco por esta preciosidad, por su candor, su frescura, su sencillez. Disfruta escuchando su voz, mirando fijamente su cara y perdiéndose en sueños mientras esta le cuenta la última locura de alguna de sus compañeras de colegio. Y ella lo sabe y se aprovecha bien de ello. Le encanta ver a Ricky colado por sus huesos, colado por ella.

Ambos andan siempre juntos. Los mismos estudios, los mismos gustos e idénticas aficiones. Raro es el día que no se imaginan mil y una aventuras en las que embarcarse o buscan nuevos parajes por los que transitar o parques, museos y exposiciones que visitar o cines de sesión continua en los que disfrutar un buen rato.

Buenos tiempos los años de juventud. Tiempos vividos y soñados. La vida en su apogeo. Cuando los sueños se asemejan a la realidad y ésta siempre parece un sueño.

Cuando se disfruta al instante, sin pensar en el mañana más que lo justo para existir, sin pensar en qué dirán, que para sufrir tiempo habrá.

Juventud, cuando el cuerpo te pide calor y amor. Cuando el espíritu habita en una mirada, en un gesto, en unos labios, en nosotros mismos, en nuestros cuerpos.

Cuando todo lo que se desea tiene nombre y el resto poco o nada importa.

Y Ricky y Mayte son felices como dos niños con zapatos nuevos, como dos pánfilos que acaban de descubrir el amor, el primer amor, el amor de juventud. Ese que nos hace sentir escalofríos, que nos turba el sentido, que nos traba la lengua y nos produce a la vez esa extraña sensación de angustia y paz, de miedo y osadía, de vida y muerte, de llanto y alegría desmedida.

Es viernes y, como todos los viernes desde hace más de tres meses, Ricky se ha acercado por el colegio donde estudia Mayte en busca suya. Ambos piensan ir al Cine Victoria a ver “Dos hombres y un destino”.

Hoy Ricky está como loco por ver a su chica, por estrecharla entre sus brazos, por sentir el calor de su cuerpo.

Minutos más tarde, que a Ricky le han parecido eternos, aparece, por el fondo de la puerta de entrada al centro, la maravillosa Mayte, sonriente y más hermosa que nunca.

Ricky sale disparado a su encuentro, corriendo como un gamo y tropezando con todo el mundo, ciego de amor y deseo. No media palabra entre ellos. Una sonrisa, un beso en la mejilla y un fuerte apretón de manos. Él la mira fijamente dejando escapar una dulce e insinuante sonrisa. Los ojos de Mayte brillan como dos grandes esmeraldas y sus rojos y carnosos labios sueltan al aire un muy excitante beso. Ambos se sienten felices, dichosos.

Poco después, ya lejos de las insidiosas miradas de sus compañeras, Mayte se detiene bruscamente ante Ricky, tirando de éste hasta poder abrazarse fuertemente contra su cuerpo y, acercando su boca a la de él, le da un par de besos con tal pasión que hace que éste se estremezca.

Ambos se miran, cómplices de saborear esa mezcla del bien y del mal, de lo establecido y lo prohibido, con tal destello en sus ojos que presagia placer, el auténtico placer.

Tras unos instantes de silencio compartido, Mayte le pide a Ricky pasear calle abajo, en dirección al parque del Retiro. Ricky, absorto todavía por el par de besos, no deja ni un momento de pensar en lo sentido. Es tal su aturdimiento que camina como un zombi, sin prestar ninguna atención, ni a Mayte ni a nadie.

Ricky despierta de su sueño al tropezar bruscamente con un pobre hombre que espera, cargado de maletas y bultos, junto a su esposa, el taxi salvador que les lleve hasta el aeropuerto de Barajas, donde cogerán un avión con destino a Santiago de Compostela para acudir a la boda de uno de sus nietos.

Mayte se da cuenta entonces de que Ricky está en otro mundo, soñando como de costumbre, sin atender a nada ni a nadie.

Se siente en ese momento decepcionada, triste y enfadada. Ricky, tras pedir las oportunas disculpas al pobre hombre de las maletas, se vuelve raudo hacia Mayte, la coge fuertemente por la cintura, le da un beso en la boca, de esos que dicen saber a gloria, y le susurra tan dulcemente al oído un “te quiero” que Mayte acaba por olvidarse de todo y el cariño, el amor y el deseo vuelve a florecer entre ellos.

El parque del Retiro está precioso en esta época del año, es Otoño, en la que las hojas de los árboles abandonan su habitual verdor y poco a poco se tornan ocres, amarillentas, parduscas o violáceas y en la que un espeso manto de hojas muertas cubre los caminos y las veredas. Los últimos rayos de Sol del atardecer dan el calor y el color necesarios a todo el entorno, convirtiendo este parque en el recinto ideal para pasear, soñar y amar.

Adán y Eva, Romeo y Julieta, Ricky y Mayte, que más da. ¿Acaso importa la edad, el tiempo o las circunstancias? ¿Quién no daría media vida por poder sentir nuevamente el primer amor de juventud?

Tras una hora de encantador paseo, Ricky y Mayte deciden coger, ante la majestuosa Puerta de Alcalá, el primer autobús que pase y los deje lo más cerca del cine.

Durante el trayecto, Mayte le cuenta a Ricky que hoy, Sor Amelia, profesora de Religión y de Educación Cívico Social, había tenido la genial idea de explicar en clase cómo debería de comportarse en sociedad una niña bien educada y de alto rango. La lección, que fue sacada del “Manual de las buenas costumbres”, editado por la Editorial Católica y cuya autora es una noble y muy distinguida señora de la alta sociedad española, adicta a la realeza inglesa, al trato refinado de principios de siglo y a la absenta. El libro no es más que una apología de la ñoñería y el tradicionalismo imperantes en nuestra sociedad.

A comenzado a llover una fina lluvia que casi no se nota, pero que según va pasando el tiempo, va formando un hermoso manto de agua sobre la ciudad. El cielo está grisáceo y la humedad del aire se palpa, cala hasta los huesos. Hay un dulce olor a hierba fresca y a tierra mojada.

El contacto de los neumáticos de los coches sobre el mojado asfalto, el tintineo de las gotas de agua al chocar con los tejados y barandillas y el bullicio de la gente en la calle, crean una atmósfera muy peculiar, muy placentera para los auténticos amantes de la ciudad.

La gente se refugia en bares, tiendas y portales a la espera de que escampe un poco y seguir el ajetreo que les caracteriza.

Algún que otro despistado corre sobre las aceras en busca de un toldo que les salve de llegar calado a su destino. Otros llegarán calados sin importarles demasiado, pues les prima más la urgente necesidad de llegar que las inclemencias del tiempo.

Ricky y Mayte disfrutan de todo esto mientras observan a través del cristal de una de las ventanillas del autobús.

El cine está por fin a la vista. Hemos llegado a nuestro destino. Hay decenas de personas haciendo cola ante la taquilla, ávidas de ver buen cine y de pasar un buen rato junto a la persona querida, a algún que otro familiar o a unos buenos compañeros y amigos.

La película promete: Robert Redford Y Paul Newman son los protagonistas de “Dos hombres y un destino”.

Buena película, buenos actores (y macizos, según Mayte), bella historia, mejor música e inmejorable compañía. ¿Qué más se puede pedir?

Ricky y Mayte esperan abrazados el comienzo de la película. Antes escuchan en el NODO las últimas noticias: Los pormenores de la familia del Generalísimo, el nombre del ganador de la última edición de los premios de la Operación Plus Ultra, la concesión del Nobel de Literatura al disidente ruso Alexander Solzhenitsyn o un pormenorizado seguimiento de las secuelas de la guerra de Vietnam.

El olor a Coca-Cola y palomitas envuelve toda la sala. Ricky y Mayte se cogen fuertemente, se dan unas caricias y unos achuchones y, cómo no, unos cuantos besos.

Como ellos, cientos de parejas de enamorados sueñan, sea cual sea el lugar, en una dulce y maravillosa vida en común, en un prometedor futuro, en un amor verdadero y eterno.

La diosa Venus hará realidad muchos de estos sueños.

Sólo fue un sueño

Madrid, diciembre de 1996

Ana es una preciosa chiquilla de quince años recién cumplidos. Alta, esbelta, de ojos brillantes como perlas y finos rasgos. De mirada intensa y chispeante y una sonrisa abierta y sincera. Alegre, simpática, soñadora y muy cariñosa.

Sin embargo, aquella fría  mañana de finales de Diciembre, Ana estaba apática, inmóvil, con la mente perdida, en ninguna parte. Sus ojos brillaban más que nunca bajo un hermoso cielo azul mientras una pequeña lágrima se deslizaba por su mejilla derecha. Una ráfaga de aire despeinaba sus largos y ondulados cabellos de color castaño y sintió frío, mucho frío.

Cerró durante unos instantes los ojos y dejó viajar su mente.

Recordando con placer aquella vez que, junto a sus padres, visitó el parque natural de Cabárceno, allá en Cantabria. Fue hace ya unos años, durante las vacaciones de verano. Su padre, feliz como un niño, seguía el rastro de los osos pardos en busca de la codiciada fotografía mientras éstos se escabullían entre los riscos, asustados por el tremendo gentío que en ese instante se agolpaba ante la valla de protección.

Un largo y relajante paseo a través de ese verde valle, que años atrás fue zona minera, terminó ante un cristalino lago repleto de cigüeñas. Allí su madre comentó lo emocionante que estaba siendo para ella ver de cerca todos esos animales salvajes, como los elefantes africanos, los tigres de bengala, las jirafas o los avestruces australianos.

Aquella mañana, sin embargo, cogida del brazo de su madre y con la cabeza apoyada sobre su hombro, Ana no era capaz de prestar atención a nada ni a nadie. Su mente se afanaba en viajar en busca del más valioso de sus tesoros: los recuerdos.

Y recordó aquella vez en la que los tres pasaron unos días en un pequeño y coqueto hotel junto al mar, en Peñíscola. Cuánto le gustaba bañarse en esas dulces y tranquilas aguas, jugar en las finas y blancas arenas de la playa o tumbarse al sol junto a su madre, mientras esta leía la última novela de Umberto Eco y su padre, rojo como un cangrejo recién cocido como consecuencia de los rayos de sol y la palidez de su piel, se sentaba bajo la sombrilla a leer la prensa del día. 

También disfrutaban paseando al anochecer por las empinadas callejuelas
del casco antiguo, junto al iluminado y cuidado castillo, antaño residencia del Papa Luna. Cuántas tiendas, kioscos, bares y restaurantes donde disfrutar y saborear 
la vida. Cuánta gente paseando feliz, alegre, despreocupada, con ganas de pasárselo bien.
        
        El ensordecedor ruido de un avión al sobrevolar la zona hizo que Ana volviera a la dura y triste realidad. Allí estaba, adormilada, con el cuerpo destemplado, rodeada de familiares y amigos, ante aquel oscuro féretro.

Al escuchar llorar a alguien tras de sí, una tremenda sensación de angustia se apoderó de todo su ser. Notó un sudor frío y un fuerte mareo. Trató de agarrarse con fuerza a su madre, pero fue inútil. Acabó dando con sus huesos en el duro y frío suelo.

Sollozando y dolorida por el golpe, un pensamiento le rondó la cabeza: Cuándo volvería a coger espliego por primavera, cuándo sentiría el frescor de la hierba y el suave aroma de las flores, cuándo volvería a sonreír bajo el cielo azul, cuándo sentiría la suave brisa del mar en la piel o el dulce ruido de las olas al romper. Cuándo, si su padre ya no iba a poder estar nunca más junto a ella. Ana rompió a llorar desconsoladamente.

¡Ana, Ana!...¡Cariño, despierta!
¿Papá?...¿Papá?
¿Por qué lloras?...¿Qué té pasa mi vida?
¡Papá, papá!...¡Qué susto!
¡Cálmate mi niña y dime qué tienes!

Entre sollozos, Ana trató de contar la terrible pesadilla que acababa de tener. La sensación de amargura de la que se había sentido invadida.

Su padre quedó preocupado, pensativo. La miró fijamente sin saber qué decir ni qué hacer. Nunca pensó que esa larga enfermedad que estaba sufriendo pudiera hacer tanta mella en el subconsciente de su hija.

Trató de consolarla de la manera mejor que sabía y podía: ofreciendo todo el amor y la comprensión que un padre es capaz de dar a su hija. Ambos permanecieron fuertemente abrazados durante un buen rato.

¡Desahógate bonita!...¡Llora cuánto quieras!
¡Sí papá!...¡Qué bien que estás a mi lado!
¡Tranquila!...¡Todo pasó!...¡Sólo fue un sueño!
¡Menos mal!...¡Qué susto, papá!

Media hora más tarde, Ana cayó profundamente dormida en los brazos de su padre, quien no la soltó hasta notar que la respiración era tranquila y pausada. Tras dejarla suavemente sobre su cama, y dándole mil y un beso mientras la tapaba, dejó que por fin durmiera entre dulces sueños.

En ese instante, una estrella fugaz surcó el cielo en el silencio de la noche, dejando su blanca estela prendida en los inocentes corazones de todos los niños.
         
       Pronto amaneció un nuevo día cargado de felicidad, llevándose la noche consigo todo vestigio de dolor, sufrimiento y miedo.

Ana se despertó a eso de las diez de la mañana, alegre, radiante, hermosa, con su mejor sonrisa. Sus ojos brillaban más que nunca, como si de dos luceros se tratasen.
        
        Era Navidad. Se oía cantar villancicos a unos chiquillos por la ventana del dormitorio y un olor a café recién hecho comenzaba a llegar desde la cocina.

domingo, 18 de octubre de 2009

Relato de un viaje a Sigüenza

Madrid, diciembre de 1994

          El día ha amanecido frío, muy frío. Al salir de casa siento una ráfaga de gélido aire invernal sobre la cara. Mis orejas y mejillas comienzan a enrojecerse mientras que, adormilado aún, camino lentamente por la calle hasta llegar a mi automóvil, un Citroën ZX, aparcado desde anoche a la vuelta de la esquina.

         Entre tanto voy pensando en lo que vamos a hacer María y yo durante el resto del día. Tenemos que programar bien cada minuto, cada instante del día, como si en ello nos fuese la vida, que no todos los días podemos dedicarnos a lo que se nos antoja y hoy, más que nunca, podemos y queremos.
     
         Por mi parte, me he propuesto disfrutar a tope, olvidarme de todos y cada uno de los problemas, angustias y obsesiones que me acompañan cotidianamente,  y ser yo mismo, y vivir, sobre todo vivir. Ahondar en los buenos momentos disfrutados, en cada instante saboreado, en el amor compartido, en María.
      
        Ahondar en la alegría y felicidad que da el sentirse vivo, en el hecho de ser padre, sobre todo si se tiene una hija tan maravillosa como la que yo tengo. Pensar en los buenos amigos que me rodean, en mi familia y en todos y cada uno de los bellos y gratos recuerdos que he ido atesorando a lo largo de mi humilde vida y que, al fin y al cabo, es cuanto poseo.
 
          No quiero ni puedo pensar en negativo, darle vueltas a la cabeza, a las miserias y frustraciones que nos ahogan. Tengo que disfrutar como sea, por encima de todo y de todos, a pesar de los pesares, incluso a mi pesar.
    
        Antes de ponerme en marcha y acudir a la cita con María, con quien pienso y deseo pasar el resto del día, analizo sobre un mapa de carreteras que recorrido haremos, que dirección tomaremos. Tras unos instantes de duda decido que no hay lugar más adecuado para pensar, disfrutar, amar y relajarnos que la ciudad en el cielo, la muy hermosa Medinaceli, lugar donde Almanzor, célebre caudillo árabe español, fue a morir días después de la batalla de Catalañazor.
     
          Un paseo por sus calles hará que nos sintamos mejor. El aire que allí se respira es tan puro y el olor a frescura de su entorno es tan intenso que te hace sentir una dulce y agradable sensación que poco a poco va calando hasta lo más hondo del alma.
    
          ¡Dicho y hecho! Tomaremos ese camino, esa dirección, sin más dilación, aunque con toda la tranquilidad del mundo, que no hay más horario que cumplir que aquel que dictan el corazón y la razón.

          ¿Qué estará haciendo María? ¿Qué estará haciendo mi dulce amor?
      
          Pongo la radio y en estos momentos dan las noticias más importantes acaecidas en la víspera. Decido no escucharlas y cambiar de emisora, que no estoy para traumas, personales o ajenos, individuales o colectivos. La música siempre será mejor compañía para un viajero en busca de nuevas sensaciones.
      
         El tráfico hasta Madrid es enorme a estas horas de la mañana. Observo mientras conduzco a los demás conductores y les noto tensos, nerviosos, desquiciados. No parecen haberse acostumbrado a los cotidianos atascos de las grandes urbes. Deberían relajarse y aprovechar el tiempo para meditar un poco o escuchar algo agradable o qué sé yo, pero ante todo aprender a ser más pacientes que el mismísimo santo Job.
     
   Hablando de santos, éste se me ha ido al cielo y, entre pitos y flautas, y sin darme apenas cuenta, he llegado hasta la cabina de teléfonos en la que quedamos citados María y yo desde ayer tarde, antes de despedirnos.
   
     Y allí está ella, radiante, hermosa como nunca. No sé si será pasión cegadora, amor desbordante o sencillamente deseo de verla, pero su imagen me parece maravillosa, casi divina.
   
     Ella me lanza un dulce beso y una cálida sonrisa ante de entrar en el coche y yo, satisfecho y más feliz que un niño con zapatos nuevos, le devuelvo el gesto. No media palabra alguna entre nosotros. Un fuerte beso, quizás dos, y una caricia son todo por el momento.
     
   Sus ojos brillan esta mañana como hermosas gemas de color caramelo y sus rojos y húmedos labios perfilan una maravillosa y excitante sonrisa. Se diría que está feliz, dichosa. Yo también estoy feliz y algo nervioso. Es la primera vez que vamos a estar juntos todo el día.
    
  Decidimos salir de la ciudad lo antes posible, dejando atrás atascos, ruidos, nervios y malos olores. Emprendemos el camino en dirección a Medinaceli y, a medio camino, nos encontramos con el pueblo de Torija, que por cierto no conocemos ninguno de los dos.

María me pide que pare y gustoso accedo a su ruego. ¿Cómo negarme a sus tiernas caricias y a sus besos? ¿Cómo?
En este bello pueblo cuentan con un castillo del siglo XV, una posada del XVIII, una ermita, llamada de la Soledad, y unos hermosos soportales y capiteles alcarreños en la plaza de la iglesia. Un pueblo con tipismo histórico y preciosas vistas sobre el valle, al norte de Guadalajara. ¡No está mal!
     
Una vez acabada nuestra visita a estos bellos lugares, y antes de seguir el viaje, entramos en un bar situado en la plaza. María pide un café sólo con un cubito de hielo y yo una infusión de manzanilla. Este bar está regentado por una amable pareja de mediana edad, más preocupada por lo que les pueda caer en el sorteo navideño de la Lotería Nacional que en atender su negocio a estas horas de la mañana. Al despedirnos, compartimos deseos de fortuna y salud.
    
   Empieza a lloviznar. Vaya suerte la nuestra. En fin, habrá que tener paciencia y pensar en algo positivo y reconfortante. Vuelvo a conectar la radio en el dial acostumbrado y escuchamos lo nuevo de los Beatles, “Free as a bird” (libre como un pájaro) que viene que ni pintada. También es casualidad que justo en este momento de la aventura nos recuerden cuales son nuestras pretensiones. Es curiosa la vida. A veces el destino nos tiende una mano sin que lo intuyamos.
  
     A la altura del pueblo de Esteras, la espesa niebla y el intenso frío nos obligan a desistir de nuestra intención de continuar viaje hasta Medinaceli. Es una locura seguir un viaje a ninguna parte. La tentativa se torna absurda, ya que no existe posibilidad de goce en tan sombrío paraje, sin visibilidad alguna sobre el valle. Ni sobre el valle ni a dos palmos más allá de nuestras narices. Sería un auténtico suicidio continuar sin razón.
  
    Se hace imprescindible tomar una decisión urgente que no nos enturbie demasiado  planes inicialmente establecidos. Recuerdo haber visto hace pocos kilómetros en alguna señal que el pueblo de Sigüenza queda cerca de donde estamos. Tampoco estaría mal visitarlo, si la climatología nos lo permite. Decidimos intentarlo y giro en el primer cambio de sentido con el que me topo. ¡Que sea lo que Dios quiera!
   
   El recorrido desde la nacional hasta allí es bastante dificultoso. Nos encontramos en una tortuosa carretera en mal estado de conservación, con curvas y más curvas entre páramos alcarreños, que más asemeja un camino de cabras o una cañada real que una comarcal.

¡Qué barbaridad! Y sin un alma por estos parajes. Claro que, con esta visibilidad que nos rodea, debemos ser los únicos locos a los que se les ocurre pasear por España en una mañana tan desapacible y triste. Menos mal que el deseo de sentirnos bien y las ganas de viajar, disfrutar, amar y conocer son mayores que cualquier adversidad posible.
   
  Por fin conseguimos alcanzar el camino correcto. Giro a la derecha y unos metros más allá vislumbramos Sigüenza. Es esta una ciudad de tonos rosáceos que ha sabido conservar en el transcurrir del tiempo sus serpenteantes, estrechas y empinadas calles, sus típicos ventanales platerescos o barrocos, sus casas con balcones de hierro forjado y algún que otro blasón.
     
  Se conserva también un magnífico castillo que fue alcazaba árabe, residencia episcopal y prisión de Blanca de Castilla. Actualmente es un coqueto parador de turismo.

Otro edificio singular es la catedral, robusta construcción iniciada en el siglo XII y en la que se guardan, en la capilla de Santa Catalina, los restos del Doncel Don Martín Vázquez de Arce. Ambos monumentos emblemáticos tuvieron su época de esplendor en tiempos del Obispo Don Bernardo de Agén.
     
 Mientras nos adentramos poco a poco por el pueblo, observo fijamente a sus gentes y sus rostros parecen tristes, apagados. Los gestos denotan cansancio o tal vez aburrimiento. No parecen demasiado felices. En su mayoría son gente mayor, de edad avanzada, que deambula de aquí para allá sin levantar la vista más que lo necesario para saludar al vecino con quien se cruzan entre calle y calle. Igual es sólo mi imaginación o el efecto de lo desapacible del día.
 
    Más allá nos cruzamos con una pareja de turistas, bien protegidos del frío, que pasean cogidos de la mano, con espléndidas sonrisas y ojos brillantes, mientras disfrutan de la belleza del entorno, cámara en ristre.
 
    María me abraza fuertemente. Me da un fuerte beso y me pide que vayamos a ver el castillo. Cualquiera le niega nada. Estoy loco por esta mujer.
    
 Junto a la catedral, un grupo de viajeros de la tercera edad, mujeres en su mayoría, esperan a pié de autocar a que el guía los conduzca por las calles y plazas mientras explica la interesante historia del lugar. Acabarán la visita comiendo en un restaurante concertado, a las afueras del pueblo, mientras aguantan estoicamente la charla-demostración de la “vapporetta” de moda, auténtico objeto de la programada excursión.
 
    Llegando a la explanada existente ante el castillo, el viento se deja sentir y la fina lluvia que cae en estos momentos nos cala hasta los huesos. Aún así, la vista que se disfruta aquí arriba es impresionante. Ha merecido la pena darse el paseo.
   
  Aprovechamos para hacer alguna foto del lugar y, acto seguido, nos introducimos en el parador, donde encontraremos cobijo de las inclemencias del tiempo y de paso podremos degustar algún producto típico de la zona. Nada más acceder al vestíbulo, observamos cómo la muy estudiada y conseguida decoración del interior nos transporta a los tiempos en los que el Obispo habitaba dentro de estos muros. Debió vivir como un rajá. No nos importaría pasar aquí una larga estancia entre armaduras, tapices, libros  viejos y un intenso olor a flores y frutos frescos.
   
  Como haría cualquier pareja de enamorados, solicitamos habitación en recepción. Tras tomarnos los datos una educada y prudente señorita y tras hacernos entrega de nuestra llave -¡La llave del cielo!-, María y yo andamos, cogidos fuertemente de la mano, hacia las escaleras en busca de la necesaria intimidad en la que poder hacer realidad todos nuestros sueños y deseos más inconfesables, todas nuestras fantasías e ilusiones acumuladas día tras día.
    
 Pero por primera vez, al pasar ante un cesto lleno de pomelos cuyo aroma embriagador despierta en mí todos los sentidos,  siento una tremenda y amarga tristeza. Tristeza que cala hasta los huesos, que corroe las entrañas. Una tristeza asesina. Y es que en estos momentos de felicidad y amor compartido con la persona amada me vienen a la memoria otros recuerdos ajenos y distantes. Recuerdos de una juventud ya perdida, de un lejano atardecer en una playa mediterránea, rodeado de finas arenas, un dulce e intenso mar azul y un penetrante olor a sardina recién asada entre los rescoldos de una pequeña hoguera hecha por gente humilde y amable. Son recuerdos de toda una vida, de muchos años de felicidad que el tiempo ha ido enterrando poco a poco. Recuerdos de ternura y aprecio que fueron desapareciendo bajo el pesado y oscuro manto de la mutua incomprensión.
     
También hay recuerdos desagradables que quisiera poder olvidar. Pesadilla constante e insoportable que va mimando mi espíritu. Una auténtica y pesada cruz que por lo visto he de soportar y llevar a la espalda para el resto de mis días. No creo que nadie se merezca tanta desdicha.
   
  No puedo evitar que se me empañen los ojos, que la tristeza se apodere de mí y que un doloroso gemido salga desde mis entrañas. Sé que de nada sirve llorar, pero mi alma no entiende de normas sociales, ni de luchas internas, ni de nada en este momento. Sé que me siento triste y no me gusta. Que sufro y no tengo consuelo. Y debería estar feliz, alegre, dichoso. Mil razones tengo, pero las cosas son como son.
    
 María me toca suavemente en el hombro por detrás y al intentar volverme hacia ella, me abraza con toda su alma, me besa, me acaricia y  me susurra: “Vive, mi triste y dulce chico, vive. No te angusties por nada que ya no tenga solución. Vive, vive conmigo, contigo. Disfruta de la vida, pequeño, y deja de llorar. Deja de angustiarte y vive. Vive mi amor, vive”.
   
   María, mi amada María, que con sus manos enjuga mis lágrimas, que con sus labios silencia mi llanto, que con sus ojos chispeantes despierta mi mente, que con su cuerpo calma mi ansiedad, mi atormentado espíritu. ¡Ay, María!. Cuan misteriosa es la Luna en la noche, cuan luminoso y claro es el Sol por el día, Mi dulce y bella María. Luz de luz, sombra de mi cuerpo. Tú eres Sol y Luna, cielo y tierra, agua y fuego. Mi gran amor, María.
      
 Una amable viejecita que debió fijarse en mi mientras andaba perdido en mis recuerdos y pesadillas se acerca y me dice: -¡Joven, un mozo como usted no debería estar aquí sufriendo, y menos con tan estupenda compañía!- 
     
Consigue hacerme sonreír y yo, pobre de mí, le acepto gustoso el pañuelo de papel perfumado que amablemente me ofrece. Le doy mil gracias y es entonces cuando esta simpática señora me coge del brazo y nos cuenta cómo perdió a su marido, hace ahora cuarenta y dos años, mientras éste cazaba por los montes cercanos y una bala perdida de un compañero fue a segarle la vida cuando más se querían y más unidos estaban. De cómo tuvo que luchar para sacar adelante a sus dos hijos varones y de cómo estos, veinte años después, murieron en accidente de tráfico cuando volvían a casa tras una larga noche de juerga y alcohol con los amigos.
   
  –“Pues mire usted, joven, a pesar de todo, aquí estoy. Que voy a cumplir setenta y nueve años el lunes próximo y ya me ve, como una rosa. El destino nos juega a veces malas pasadas, pero el tiempo cura cualquier herida y pone a cada uno en su sitio. No le dé usted más vueltas a sus problemas, que seguro que tienen solución”-.
     
Me deja mudo, no sé que decir. Esta buena mujer ha hecho que me sienta mejor de repente, o al menos más tranquilo, más liberado. María prefiere callar ante tal elocuencia y me sonríe mientras me coge de la mano suavemente.
    
 La viejecita aprovecha el silencio provocado y se despide de nosotros con una sonrisa y un sincero y cariñoso apretón de manos mientras ve aparecer por el fondo al señor párroco que, como todos los días desde hace más de diez años, sube a buscarla para tomar juntos el aperitivo y confesarla de sus pecados.
    
 Dejamos que se marche tras darle nuevamente mil gracias. Hemos de seguir nuestra vida, nuestra aventura, pero no sin antes tomarnos una buena cerveza “Mahou 5 estrellas” bien fría y una estupenda ración de migas en la cafetería del parador que nos saben a gloria bendita y nos sientan de maravilla.
  
   Es hora de subir a nuestro nido de amor. Es hora de amar, de sentir intensamente nuestros cuerpos enlazados. Cogidos de la mano, jugando con la mirada y besándonos con pasión, llegamos por fin hasta la puerta de la habitación (la 305 si mal no recuerdo) y a mi querida María se le ocurre pedirme que la pase en brazos como hacen los recién casados. ¡Claro que sí, por qué no! Qué difícil se hace abrir una puerta, tratar de entornarla con el pié y entrar a la vez, llevando a una persona en los brazos. Prueben a hacerlo y ya me dirán. 
     
Por cierto, que no pienso contar nada de lo que hicimos María y yo en esa habitación. ¿Para qué? Supongo que se lo pueden imaginar. Y les aseguro que por mi parte salí más que satisfecho y feliz.
   
  María es hermosa, muy hermosa de verdad y sabe más que de sobra cómo hacer feliz a un hombre, cómo hacerme feliz. Qué puedo decir de ella sin temor a equivocarme, a no ser del todo justo con ella, a quedarme corto en los halagos, en los sentimientos,  en que sé yo.
   
  Después de un buen rato -magnifico más que bueno- decidimos salir y andar un rato por las empinadas calles en dirección a la catedral. Son las dos de la tarde y la fina lluvia sigue cayendo sin parar. A pesar de todo es buena hora para dar otro paseo tranquilo, estirar los músculos y entretenernos en hacer más fotografías.
    
 Tras unos instantes de callejeo, conseguimos llegar hasta la plaza del Ayuntamiento, llamada Plaza Mayor, a espaldas de la catedral. Allí, un campesino de unos setenta años mal cumplidos, deja pasar el tiempo sentado en un banco, bajo los soportales, mientras se entretiene en contemplar el desgastado mango de su viejo bastón de madera, sin importarle nada de lo que a dos palmos de él pudiera pasar. Hay personas que no están hechas para vivir ociosas.
  
  Imagino que este hombre sería feliz si le dejaran ocuparse de sus terrenos, como posiblemente haya hecho durante toda su vida, pero, tal vez fuese así, las fuerzas le abandonaron hace ya tiempo y hoy en día este buen hombre sólo se siente un estorbo para su familia, que prefieren verle deambular por el pueblo antes que aguantar sus manías y atenderle un poco de vez en cuando.
    
 -“¡Que lástima tener que llegar a viejo para darnos cuenta de lo poco que valemos y del poco aprecio que nadie nos tiene!”-. Nos deja atónitos al oírle decir esto cuando pasamos cerca de él sin que se percate de ello. Decidimos María y yo sentarnos a su lado y así descansar un poco (aún nos tiemblan las piernas) y hacerle un poco de compañía mientras disfrutamos de la vista de la plaza.
    
 El viejo, receloso, nos mira de reojo. Posiblemente estará pensando quienes somos que no le suenan nuestras caras. Un instante después se atreve a dirigirnos la palabra, ofreciéndose a tirarnos una foto, ya que piensa que, al estar solos los dos, nos será difícil obtener una en la que estemos los dos juntos. Una brillante luz surge de sus ojos al sentirse útil por primera vez desde que dejó de levantarse cada amanecer para cumplir con su honrosa tarea. No podemos negarnos, así que le explico el sencillo manejo de la cámara y nos situamos en el lugar adecuado para que proceda gustoso a tal evento. No importa demasiado saber si saldrá o no, pues tan sólo tratamos de hacer feliz por un instante a este pobre viejo.
    
  Ha dejado de lloviznar y un penetrante olor a pan y bollos recién salidos del horno nos llega de no se sabe dónde. Nos despedimos del viejo, quien retorna a la contemplación. El desgastado mango de su bastón de madera será nuevamente su mundo más tangible.
     
El olfato nos conduce hasta una céntrica tahona en la que los restos de harina se dispersan por los zócalos y las ventanas. Una alegre y hermosa jovencita, de unos veintiún años por su apariencia, amasa en el interior lo que más tarde serán barras de pan y hogazas. Al fondo, sudando a mares, su padre, grande, gordo y sonrosado como un cerdito, se cuida de mantener la temperatura del horno mientras que su madre, la clásica marujona, atiende con desparpajo a la clientela que en ese momento se encuentra en el despacho.
    
 Nos sentimos atraídos por todo lo que allí hay expuesto. Decidimos comprar unos dulces típicos de la zona y un panecillo recién hecho que paladeamos entre los dos en un abrir y cerrar de ojos.
    
 Cruzamos hasta la catedral y, al entrar, la encontramos totalmente vacía y oscurecida. Al fondo, un acólito se ocupa de poner velas nuevas en los candelabros, junto al altar mayor. Al sentir nuestra presencia se acerca despacio y nos explica amablemente que la catedral está cerrada en estos momentos y que si no nos importa esperar podremos realizar nuestra visita a partir de las cinco de la tarde. Nos excusamos y salimos en otra dirección donde pasar un rato y, si pudiera ser, comer tranquilos.
     
Las tres menos cuarto de la tarde. Mala hora para cualquier cosa cuando uno anda en tierra extraña. Una tremenda soledad se apodera de calles y plazas. Tan sólo algún que otro despistado transita por aquí al igual que nosotros. Es hora de volver al parador. Como sigamos así vamos a conocer muy bien Sigüenza, pero no vamos a aprovechar nuestro encuentro. No es sólo que no hayamos comido todavía, es que a este paso tampoco vamos a estar juntos una vez más en nuestra habitación, en nuestra compañera de aventura. Estará fría sin nosotros. Sus muros llorarán nuestra ausencia. ¿Pero que coño hacemos que no estamos disfrutando el uno del otro? ¡Vamos de una vez!
    
 Una especie de restaurante, terraza o chiringuito, que no lo tenemos muy claro por la forma del local, es el único sitio con el que nos topamos en el camino de vuelta al parador, hermoso castillo cuyos muros guardarán eternamente nuestro amor. En fin, habrá que entrar si no queremos quedarnos sin comer.
     
Saludamos al entrar a las personas que, apoyadas sobre una vieja y desgastada barra de madera, charlan con un desaliñado camarero que anima la tertulia con las últimas noticias sobre los afortunados con el premio gordo del sorteo que hoy se celebró. Al oírnos, se vuelven en silencio y tras mirar de arriba abajo a María -siempre igual, oye- contestan todos al unísono a nuestro saludo. Me acerco al camarero y le pregunto si podemos comer. Me indica que pasemos al comedor y que allí seremos bien atendidos. La carta es completa. Hay de todo y no excesivamente caro. No sé qué pedir pues, aunque ya hemos saboreado las migas y ese tierno panecillo, lo cierto es que aún no hemos comido como Dios manda y, tras varias horas de paseo y de lo que no fue paseo, noto un vacío en el estómago.
    

 María me dice que a ella no le importaría pasar de la comida (¿?) y, que si lo prefiero, podríamos irnos al parador. Suelta tal carcajada tras decir esto que se llega a oír desde la barra y los allí tertulianos nos miran con cachondeo, cuchicheando entre ellos. Sé que hago mal, pero decido quedarme de momento y pedirle a la camarera una buena botella de vino de Rioja, una ración de jamón ibérico y otra de queso manchego. Ella aprovecha para acudir, con suma discreción, al servicio. Yo aprovecho para ir por tabaco.
     
Al salir busco una esquina en la barra donde situarme sin llamar mucho la atención, pero veo que el camarero me ha servido una cerveza entre su clientela. ¿Será una costumbre o tal vez intenta que no me sienta extraño o sólo? Es curioso, allí donde vamos nos sentimos arropados, protegidos y acompañados por esta buena gente. Y yo que creía que eran aburridos, tristes e infelices. ¡Qué gran error el mío!
     
Cojo un taburete y me siento entre ellos, en donde poder tomarme la cerveza ofrecida.
Uno de los contertulios me pregunta que de dónde venimos y al comentarle que de Madrid, de la capital, me suelta una charla futbolera sobre el Real Madrid de los últimos cuarenta años que la verdad es que ni me va ni me viene, pero que aguanto estoicamente hasta que salga María del servicio, más que nada por no hacerles el feo. Si supiesen lo poco que me importa este deporte pensarían que soy más raro que un perro verde. Me tomo la cerveza, compro el tabaco y tras pagar, me despido de ellos. 
    
 María ya está sentada en el comedor (¿por dónde ha salido?) y observa detenidamente la decoración de éste. Me siento a su lado y le doy un par de besos que me devuelve sin pestañear. ¡Ah, el amor! ¡Bendito amor!
    
 Saboreamos las copiosas raciones de jamón y de queso que con todo esmero nos han preparado. Están de vicio. Lástima que no acompañe el vino que nos han puesto y eso que recuerdo haber dicho claramente que fuera un buen Rioja. Seguro que la botella está rellenada. Tenía que haberme fijado cuando nos la pusieron en la mesa. ¡Ya no tiene remedio!
  
  Son las cuatro y media. Tras pagar la cuenta, tomamos nuevamente el camino en dirección al parador. Hay que rebajar la comida y echarnos una buena siesta y lo que se tercie. Sobre todo lo que se tercie. ¿O no?
     
 -“Oye, Ricky, entremos en la catedral ya que estamos en la puerta, que no es cosa de irse al final sin ver la tumba del Doncel, después de pasar en Sigüenza todo el día. ¿No te parece?”- María me desconcierta a veces. ¿Pero no quería ir al parador sin perder tiempo? ¿Y la siesta? ¿Y lo que se tercie? ¡Mujeres! No hay quién las entienda, en serio.
    
 Hay suerte, la puerta de la catedral está abierta. Entramos sin pensarlo más, no vaya a ser que todavía alguien nos ponga algún tipo de pega. El interior sigue vacío pero no importa. Para disfrutar no es necesaria una muchedumbre acosándonos. Nos acercamos directamente al sacerdote (y no hay duda de que lo es ya que viste con sotana, como antaño) y le rogamos que nos indique lo más destacado de la catedral. Al tenerle ante nosotros observamos que es la misma persona que fue a tomar el aperitivo con la viejecita del parador. María me mira fijamente y cierra de repente los ojos, como si quisiera decirme algo. Le asiento con la cabeza.
    
 Pues este buen señor nos cuenta que sin duda lo más importante es su color y la fortaleza de la edificación. Nos habla del magnífico rosetón románico, del campanario y sobre todo de la tumba del Doncel, del altar de Santa Librada, del mausoleo de Don Fabrique, del sepulcro del Obispo Don Bernardo de Agén, de la sacristía y de la Capilla Mayor. Se nota que ha aprendido bien la lección tras los muchos años de sacerdocio que debe de llevar en el pueblo. Antes de irnos nos entretenemos en disfrutar de la majestuosidad de la obra funeraria del doncel. Parece ajeno al tiempo, mientras lee su libro recostado sobre la almohada. Es una maravilla.
    Las calles se van llenando de niños y jóvenes de todas las edades que acuden prestos a los quioscos para proveerse de chicles, caramelos y demás chucherías que devorarán junto a los amigos, ya sea en el parque, en la explanada del castillo o en los recreativos más cercanos.
   
 Pasa junto a nosotros un grupo de cinco chavales, de unos quince o dieciséis años, todos vestidos de chandal multicolor, enormes zapatillas negras de deporte y mochila de marca a la espalda. Van charlando de las rarezas de uno de los profesores del instituto. Más allá, bajo los soportales, se encuentran las chicas de la pandilla, vecinas de barrio y compañeras de clase, juegos y diversión desde la más tierna infancia.
Poco a poco hemos llegado por fin a donde queríamos. Bueno, eso creo. Que uno ya no sabe si va o viene.
     
 -“María, mi amor, ¿subimos nuevamente a la habitación o deseas que hagamos otra cosa más?”- -“¿Pero Ricky, es que acaso lo dudas? Sabes que no deseo otra cosa desde que vinimos”-
   
 Al final conseguimos pasar un día más que agradable, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte –esto último es un decir, claro-.
 
   Está visto que lo peor que puede hacer uno es encerrarse en sí mismo. Tal vez no hayamos resuelto nada, ni siquiera alejar de mí esa sensación de tristeza, compañera de viaje desde hace algún tiempo, pero al menos hemos puesto una piedra en el camino y, sobre todo, hemos conseguido ser felices por un día. María y yo seguimos estando juntos y nos besamos más que nunca, nos acariciamos con ternura y nos abrazamos con amor. En una palabra, nos amamos.
   
  Que no todo el mundo vive en negativo, ni la vida tiene que ser una continua sucesión de traumas ni nuestro entorno tiene que ser obligatoriamente negro. Ni tan siquiera gris. ¿Por qué no multicolor? Hemos aprendido que la vida y la gente son mejores de lo que parece. Hay que repetir esta experiencia en más ocasiones. Me han hablado de un parador precioso en Chinchón, que antes fue cárcel y convento. También de uno que se encuentra en lo alto de un monte desde el que se ve todo Toledo.
  
   Va siendo hora de volver. Ha empezado a anochecer y hace un frío que pela. Lo de esta mañana al partir no era nada comparado con esto. Antes de iniciar el viaje de regreso, entramos en el parador para echar un último vistazo –es otro decir- y recoger algún recuerdo, como las cerillas, el lápiz, la colonia o el jabón que atentamente ponen en las habitaciones  para uso y disfrute de los clientes. Al salir no puedo evitar que María coja un pomelo de uno de los cestos de frutas que hay de adorno en la escalera. Le atrae su color y aroma.
   
  La nieve cae intensamente. Hemos de salir de aquí lo antes posible no vaya a ser que se hiele el camino y resulte complicado llegar hasta la carretera nacional. Nada más dejar Sigüenza a nuestra espalda, el resto no es más que pura oscuridad, salpicada por el blanco de los copos de nieve que se precipitan sobre el parabrisas del coche. Un buen rato después y, tras escuchar en el cassette los últimos éxitos de Luz Casal, llegamos al punto kilométrico 103. Nos detenemos para calentar un poco el cuerpo y coger un poco de ánimo para el resto del trayecto.
   
  Dicen que la caída de la noche entristece el corazón de los viajeros solitarios, pero ni estoy por la labor ni me encuentro sólo. ¡Qué más quisiera alguno que llevar la compañía que yo llevo!
   
  La ausencia de luz exterior me obliga a concentrarme más en el trazado y a ir un poco más pendiente del resto de los conductores, lo que es un fastidio ya que lo que más deseo en estos momentos es mirar a María y darle cien mil besos y meterle mano –perdón- y compartir con ella el resto del viaje.
   
  Ya a la altura de Torrejón de Ardoz, las luces del horizonte, que anuncian la ciudad, nos atraen como un imán. Sentimos por primera vez ganas de llegar. Madrid es único, tanto de noche como de día, así que sigo recto para poder callejear por el centro de la ciudad y disfrutar así del ambiente y colorido de sus calles y plazas.
   
  Son las once y cuarto y el cansancio se va adueñando de nosotros. Va siendo hora de regresar al hogar y dejar de pasear. Dejo a María en la puerta de su casa. Quiere que tomemos la última en un local cercano, pero el cansancio es ya superior a mis fuerzas y todavía he de volver a casa yo también. No se enfada en absoluto. Lo entiende y me desea buen viaje. Un fuerte beso sella nuestra despedida. La aventura llega a su fin.
  
   Ya no se ve un alma por la calle y cada vez hace más frío. La distancia entre su casa y la mía se hace eterna. Tras unos kilómetros de silencio, roto de vez en cuando por el ruido de algún que otro vehículo al cruzarse conmigo, veo por fin las luces que me indican que ya estoy cerca de casa, lo que me llena de sosiego, que no de alegría. 
  
   El viaje llega a su fin. Este viaje a la felicidad que anuncia un cercano final de la tristeza y la soledad y el comienzo de una nueva vida. ¡Que Dios me oiga!