Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

lunes, 19 de octubre de 2009

Sólo fue un sueño

Madrid, diciembre de 1996

Ana es una preciosa chiquilla de quince años recién cumplidos. Alta, esbelta, de ojos brillantes como perlas y finos rasgos. De mirada intensa y chispeante y una sonrisa abierta y sincera. Alegre, simpática, soñadora y muy cariñosa.

Sin embargo, aquella fría  mañana de finales de Diciembre, Ana estaba apática, inmóvil, con la mente perdida, en ninguna parte. Sus ojos brillaban más que nunca bajo un hermoso cielo azul mientras una pequeña lágrima se deslizaba por su mejilla derecha. Una ráfaga de aire despeinaba sus largos y ondulados cabellos de color castaño y sintió frío, mucho frío.

Cerró durante unos instantes los ojos y dejó viajar su mente.

Recordando con placer aquella vez que, junto a sus padres, visitó el parque natural de Cabárceno, allá en Cantabria. Fue hace ya unos años, durante las vacaciones de verano. Su padre, feliz como un niño, seguía el rastro de los osos pardos en busca de la codiciada fotografía mientras éstos se escabullían entre los riscos, asustados por el tremendo gentío que en ese instante se agolpaba ante la valla de protección.

Un largo y relajante paseo a través de ese verde valle, que años atrás fue zona minera, terminó ante un cristalino lago repleto de cigüeñas. Allí su madre comentó lo emocionante que estaba siendo para ella ver de cerca todos esos animales salvajes, como los elefantes africanos, los tigres de bengala, las jirafas o los avestruces australianos.

Aquella mañana, sin embargo, cogida del brazo de su madre y con la cabeza apoyada sobre su hombro, Ana no era capaz de prestar atención a nada ni a nadie. Su mente se afanaba en viajar en busca del más valioso de sus tesoros: los recuerdos.

Y recordó aquella vez en la que los tres pasaron unos días en un pequeño y coqueto hotel junto al mar, en Peñíscola. Cuánto le gustaba bañarse en esas dulces y tranquilas aguas, jugar en las finas y blancas arenas de la playa o tumbarse al sol junto a su madre, mientras esta leía la última novela de Umberto Eco y su padre, rojo como un cangrejo recién cocido como consecuencia de los rayos de sol y la palidez de su piel, se sentaba bajo la sombrilla a leer la prensa del día. 

También disfrutaban paseando al anochecer por las empinadas callejuelas
del casco antiguo, junto al iluminado y cuidado castillo, antaño residencia del Papa Luna. Cuántas tiendas, kioscos, bares y restaurantes donde disfrutar y saborear 
la vida. Cuánta gente paseando feliz, alegre, despreocupada, con ganas de pasárselo bien.
        
        El ensordecedor ruido de un avión al sobrevolar la zona hizo que Ana volviera a la dura y triste realidad. Allí estaba, adormilada, con el cuerpo destemplado, rodeada de familiares y amigos, ante aquel oscuro féretro.

Al escuchar llorar a alguien tras de sí, una tremenda sensación de angustia se apoderó de todo su ser. Notó un sudor frío y un fuerte mareo. Trató de agarrarse con fuerza a su madre, pero fue inútil. Acabó dando con sus huesos en el duro y frío suelo.

Sollozando y dolorida por el golpe, un pensamiento le rondó la cabeza: Cuándo volvería a coger espliego por primavera, cuándo sentiría el frescor de la hierba y el suave aroma de las flores, cuándo volvería a sonreír bajo el cielo azul, cuándo sentiría la suave brisa del mar en la piel o el dulce ruido de las olas al romper. Cuándo, si su padre ya no iba a poder estar nunca más junto a ella. Ana rompió a llorar desconsoladamente.

¡Ana, Ana!...¡Cariño, despierta!
¿Papá?...¿Papá?
¿Por qué lloras?...¿Qué té pasa mi vida?
¡Papá, papá!...¡Qué susto!
¡Cálmate mi niña y dime qué tienes!

Entre sollozos, Ana trató de contar la terrible pesadilla que acababa de tener. La sensación de amargura de la que se había sentido invadida.

Su padre quedó preocupado, pensativo. La miró fijamente sin saber qué decir ni qué hacer. Nunca pensó que esa larga enfermedad que estaba sufriendo pudiera hacer tanta mella en el subconsciente de su hija.

Trató de consolarla de la manera mejor que sabía y podía: ofreciendo todo el amor y la comprensión que un padre es capaz de dar a su hija. Ambos permanecieron fuertemente abrazados durante un buen rato.

¡Desahógate bonita!...¡Llora cuánto quieras!
¡Sí papá!...¡Qué bien que estás a mi lado!
¡Tranquila!...¡Todo pasó!...¡Sólo fue un sueño!
¡Menos mal!...¡Qué susto, papá!

Media hora más tarde, Ana cayó profundamente dormida en los brazos de su padre, quien no la soltó hasta notar que la respiración era tranquila y pausada. Tras dejarla suavemente sobre su cama, y dándole mil y un beso mientras la tapaba, dejó que por fin durmiera entre dulces sueños.

En ese instante, una estrella fugaz surcó el cielo en el silencio de la noche, dejando su blanca estela prendida en los inocentes corazones de todos los niños.
         
       Pronto amaneció un nuevo día cargado de felicidad, llevándose la noche consigo todo vestigio de dolor, sufrimiento y miedo.

Ana se despertó a eso de las diez de la mañana, alegre, radiante, hermosa, con su mejor sonrisa. Sus ojos brillaban más que nunca, como si de dos luceros se tratasen.
        
        Era Navidad. Se oía cantar villancicos a unos chiquillos por la ventana del dormitorio y un olor a café recién hecho comenzaba a llegar desde la cocina.

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