Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

domingo, 18 de octubre de 2009

Relato de un viaje a Sigüenza

Madrid, diciembre de 1994

          El día ha amanecido frío, muy frío. Al salir de casa siento una ráfaga de gélido aire invernal sobre la cara. Mis orejas y mejillas comienzan a enrojecerse mientras que, adormilado aún, camino lentamente por la calle hasta llegar a mi automóvil, un Citroën ZX, aparcado desde anoche a la vuelta de la esquina.

         Entre tanto voy pensando en lo que vamos a hacer María y yo durante el resto del día. Tenemos que programar bien cada minuto, cada instante del día, como si en ello nos fuese la vida, que no todos los días podemos dedicarnos a lo que se nos antoja y hoy, más que nunca, podemos y queremos.
     
         Por mi parte, me he propuesto disfrutar a tope, olvidarme de todos y cada uno de los problemas, angustias y obsesiones que me acompañan cotidianamente,  y ser yo mismo, y vivir, sobre todo vivir. Ahondar en los buenos momentos disfrutados, en cada instante saboreado, en el amor compartido, en María.
      
        Ahondar en la alegría y felicidad que da el sentirse vivo, en el hecho de ser padre, sobre todo si se tiene una hija tan maravillosa como la que yo tengo. Pensar en los buenos amigos que me rodean, en mi familia y en todos y cada uno de los bellos y gratos recuerdos que he ido atesorando a lo largo de mi humilde vida y que, al fin y al cabo, es cuanto poseo.
 
          No quiero ni puedo pensar en negativo, darle vueltas a la cabeza, a las miserias y frustraciones que nos ahogan. Tengo que disfrutar como sea, por encima de todo y de todos, a pesar de los pesares, incluso a mi pesar.
    
        Antes de ponerme en marcha y acudir a la cita con María, con quien pienso y deseo pasar el resto del día, analizo sobre un mapa de carreteras que recorrido haremos, que dirección tomaremos. Tras unos instantes de duda decido que no hay lugar más adecuado para pensar, disfrutar, amar y relajarnos que la ciudad en el cielo, la muy hermosa Medinaceli, lugar donde Almanzor, célebre caudillo árabe español, fue a morir días después de la batalla de Catalañazor.
     
          Un paseo por sus calles hará que nos sintamos mejor. El aire que allí se respira es tan puro y el olor a frescura de su entorno es tan intenso que te hace sentir una dulce y agradable sensación que poco a poco va calando hasta lo más hondo del alma.
    
          ¡Dicho y hecho! Tomaremos ese camino, esa dirección, sin más dilación, aunque con toda la tranquilidad del mundo, que no hay más horario que cumplir que aquel que dictan el corazón y la razón.

          ¿Qué estará haciendo María? ¿Qué estará haciendo mi dulce amor?
      
          Pongo la radio y en estos momentos dan las noticias más importantes acaecidas en la víspera. Decido no escucharlas y cambiar de emisora, que no estoy para traumas, personales o ajenos, individuales o colectivos. La música siempre será mejor compañía para un viajero en busca de nuevas sensaciones.
      
         El tráfico hasta Madrid es enorme a estas horas de la mañana. Observo mientras conduzco a los demás conductores y les noto tensos, nerviosos, desquiciados. No parecen haberse acostumbrado a los cotidianos atascos de las grandes urbes. Deberían relajarse y aprovechar el tiempo para meditar un poco o escuchar algo agradable o qué sé yo, pero ante todo aprender a ser más pacientes que el mismísimo santo Job.
     
   Hablando de santos, éste se me ha ido al cielo y, entre pitos y flautas, y sin darme apenas cuenta, he llegado hasta la cabina de teléfonos en la que quedamos citados María y yo desde ayer tarde, antes de despedirnos.
   
     Y allí está ella, radiante, hermosa como nunca. No sé si será pasión cegadora, amor desbordante o sencillamente deseo de verla, pero su imagen me parece maravillosa, casi divina.
   
     Ella me lanza un dulce beso y una cálida sonrisa ante de entrar en el coche y yo, satisfecho y más feliz que un niño con zapatos nuevos, le devuelvo el gesto. No media palabra alguna entre nosotros. Un fuerte beso, quizás dos, y una caricia son todo por el momento.
     
   Sus ojos brillan esta mañana como hermosas gemas de color caramelo y sus rojos y húmedos labios perfilan una maravillosa y excitante sonrisa. Se diría que está feliz, dichosa. Yo también estoy feliz y algo nervioso. Es la primera vez que vamos a estar juntos todo el día.
    
  Decidimos salir de la ciudad lo antes posible, dejando atrás atascos, ruidos, nervios y malos olores. Emprendemos el camino en dirección a Medinaceli y, a medio camino, nos encontramos con el pueblo de Torija, que por cierto no conocemos ninguno de los dos.

María me pide que pare y gustoso accedo a su ruego. ¿Cómo negarme a sus tiernas caricias y a sus besos? ¿Cómo?
En este bello pueblo cuentan con un castillo del siglo XV, una posada del XVIII, una ermita, llamada de la Soledad, y unos hermosos soportales y capiteles alcarreños en la plaza de la iglesia. Un pueblo con tipismo histórico y preciosas vistas sobre el valle, al norte de Guadalajara. ¡No está mal!
     
Una vez acabada nuestra visita a estos bellos lugares, y antes de seguir el viaje, entramos en un bar situado en la plaza. María pide un café sólo con un cubito de hielo y yo una infusión de manzanilla. Este bar está regentado por una amable pareja de mediana edad, más preocupada por lo que les pueda caer en el sorteo navideño de la Lotería Nacional que en atender su negocio a estas horas de la mañana. Al despedirnos, compartimos deseos de fortuna y salud.
    
   Empieza a lloviznar. Vaya suerte la nuestra. En fin, habrá que tener paciencia y pensar en algo positivo y reconfortante. Vuelvo a conectar la radio en el dial acostumbrado y escuchamos lo nuevo de los Beatles, “Free as a bird” (libre como un pájaro) que viene que ni pintada. También es casualidad que justo en este momento de la aventura nos recuerden cuales son nuestras pretensiones. Es curiosa la vida. A veces el destino nos tiende una mano sin que lo intuyamos.
  
     A la altura del pueblo de Esteras, la espesa niebla y el intenso frío nos obligan a desistir de nuestra intención de continuar viaje hasta Medinaceli. Es una locura seguir un viaje a ninguna parte. La tentativa se torna absurda, ya que no existe posibilidad de goce en tan sombrío paraje, sin visibilidad alguna sobre el valle. Ni sobre el valle ni a dos palmos más allá de nuestras narices. Sería un auténtico suicidio continuar sin razón.
  
    Se hace imprescindible tomar una decisión urgente que no nos enturbie demasiado  planes inicialmente establecidos. Recuerdo haber visto hace pocos kilómetros en alguna señal que el pueblo de Sigüenza queda cerca de donde estamos. Tampoco estaría mal visitarlo, si la climatología nos lo permite. Decidimos intentarlo y giro en el primer cambio de sentido con el que me topo. ¡Que sea lo que Dios quiera!
   
   El recorrido desde la nacional hasta allí es bastante dificultoso. Nos encontramos en una tortuosa carretera en mal estado de conservación, con curvas y más curvas entre páramos alcarreños, que más asemeja un camino de cabras o una cañada real que una comarcal.

¡Qué barbaridad! Y sin un alma por estos parajes. Claro que, con esta visibilidad que nos rodea, debemos ser los únicos locos a los que se les ocurre pasear por España en una mañana tan desapacible y triste. Menos mal que el deseo de sentirnos bien y las ganas de viajar, disfrutar, amar y conocer son mayores que cualquier adversidad posible.
   
  Por fin conseguimos alcanzar el camino correcto. Giro a la derecha y unos metros más allá vislumbramos Sigüenza. Es esta una ciudad de tonos rosáceos que ha sabido conservar en el transcurrir del tiempo sus serpenteantes, estrechas y empinadas calles, sus típicos ventanales platerescos o barrocos, sus casas con balcones de hierro forjado y algún que otro blasón.
     
  Se conserva también un magnífico castillo que fue alcazaba árabe, residencia episcopal y prisión de Blanca de Castilla. Actualmente es un coqueto parador de turismo.

Otro edificio singular es la catedral, robusta construcción iniciada en el siglo XII y en la que se guardan, en la capilla de Santa Catalina, los restos del Doncel Don Martín Vázquez de Arce. Ambos monumentos emblemáticos tuvieron su época de esplendor en tiempos del Obispo Don Bernardo de Agén.
     
 Mientras nos adentramos poco a poco por el pueblo, observo fijamente a sus gentes y sus rostros parecen tristes, apagados. Los gestos denotan cansancio o tal vez aburrimiento. No parecen demasiado felices. En su mayoría son gente mayor, de edad avanzada, que deambula de aquí para allá sin levantar la vista más que lo necesario para saludar al vecino con quien se cruzan entre calle y calle. Igual es sólo mi imaginación o el efecto de lo desapacible del día.
 
    Más allá nos cruzamos con una pareja de turistas, bien protegidos del frío, que pasean cogidos de la mano, con espléndidas sonrisas y ojos brillantes, mientras disfrutan de la belleza del entorno, cámara en ristre.
 
    María me abraza fuertemente. Me da un fuerte beso y me pide que vayamos a ver el castillo. Cualquiera le niega nada. Estoy loco por esta mujer.
    
 Junto a la catedral, un grupo de viajeros de la tercera edad, mujeres en su mayoría, esperan a pié de autocar a que el guía los conduzca por las calles y plazas mientras explica la interesante historia del lugar. Acabarán la visita comiendo en un restaurante concertado, a las afueras del pueblo, mientras aguantan estoicamente la charla-demostración de la “vapporetta” de moda, auténtico objeto de la programada excursión.
 
    Llegando a la explanada existente ante el castillo, el viento se deja sentir y la fina lluvia que cae en estos momentos nos cala hasta los huesos. Aún así, la vista que se disfruta aquí arriba es impresionante. Ha merecido la pena darse el paseo.
   
  Aprovechamos para hacer alguna foto del lugar y, acto seguido, nos introducimos en el parador, donde encontraremos cobijo de las inclemencias del tiempo y de paso podremos degustar algún producto típico de la zona. Nada más acceder al vestíbulo, observamos cómo la muy estudiada y conseguida decoración del interior nos transporta a los tiempos en los que el Obispo habitaba dentro de estos muros. Debió vivir como un rajá. No nos importaría pasar aquí una larga estancia entre armaduras, tapices, libros  viejos y un intenso olor a flores y frutos frescos.
   
  Como haría cualquier pareja de enamorados, solicitamos habitación en recepción. Tras tomarnos los datos una educada y prudente señorita y tras hacernos entrega de nuestra llave -¡La llave del cielo!-, María y yo andamos, cogidos fuertemente de la mano, hacia las escaleras en busca de la necesaria intimidad en la que poder hacer realidad todos nuestros sueños y deseos más inconfesables, todas nuestras fantasías e ilusiones acumuladas día tras día.
    
 Pero por primera vez, al pasar ante un cesto lleno de pomelos cuyo aroma embriagador despierta en mí todos los sentidos,  siento una tremenda y amarga tristeza. Tristeza que cala hasta los huesos, que corroe las entrañas. Una tristeza asesina. Y es que en estos momentos de felicidad y amor compartido con la persona amada me vienen a la memoria otros recuerdos ajenos y distantes. Recuerdos de una juventud ya perdida, de un lejano atardecer en una playa mediterránea, rodeado de finas arenas, un dulce e intenso mar azul y un penetrante olor a sardina recién asada entre los rescoldos de una pequeña hoguera hecha por gente humilde y amable. Son recuerdos de toda una vida, de muchos años de felicidad que el tiempo ha ido enterrando poco a poco. Recuerdos de ternura y aprecio que fueron desapareciendo bajo el pesado y oscuro manto de la mutua incomprensión.
     
También hay recuerdos desagradables que quisiera poder olvidar. Pesadilla constante e insoportable que va mimando mi espíritu. Una auténtica y pesada cruz que por lo visto he de soportar y llevar a la espalda para el resto de mis días. No creo que nadie se merezca tanta desdicha.
   
  No puedo evitar que se me empañen los ojos, que la tristeza se apodere de mí y que un doloroso gemido salga desde mis entrañas. Sé que de nada sirve llorar, pero mi alma no entiende de normas sociales, ni de luchas internas, ni de nada en este momento. Sé que me siento triste y no me gusta. Que sufro y no tengo consuelo. Y debería estar feliz, alegre, dichoso. Mil razones tengo, pero las cosas son como son.
    
 María me toca suavemente en el hombro por detrás y al intentar volverme hacia ella, me abraza con toda su alma, me besa, me acaricia y  me susurra: “Vive, mi triste y dulce chico, vive. No te angusties por nada que ya no tenga solución. Vive, vive conmigo, contigo. Disfruta de la vida, pequeño, y deja de llorar. Deja de angustiarte y vive. Vive mi amor, vive”.
   
   María, mi amada María, que con sus manos enjuga mis lágrimas, que con sus labios silencia mi llanto, que con sus ojos chispeantes despierta mi mente, que con su cuerpo calma mi ansiedad, mi atormentado espíritu. ¡Ay, María!. Cuan misteriosa es la Luna en la noche, cuan luminoso y claro es el Sol por el día, Mi dulce y bella María. Luz de luz, sombra de mi cuerpo. Tú eres Sol y Luna, cielo y tierra, agua y fuego. Mi gran amor, María.
      
 Una amable viejecita que debió fijarse en mi mientras andaba perdido en mis recuerdos y pesadillas se acerca y me dice: -¡Joven, un mozo como usted no debería estar aquí sufriendo, y menos con tan estupenda compañía!- 
     
Consigue hacerme sonreír y yo, pobre de mí, le acepto gustoso el pañuelo de papel perfumado que amablemente me ofrece. Le doy mil gracias y es entonces cuando esta simpática señora me coge del brazo y nos cuenta cómo perdió a su marido, hace ahora cuarenta y dos años, mientras éste cazaba por los montes cercanos y una bala perdida de un compañero fue a segarle la vida cuando más se querían y más unidos estaban. De cómo tuvo que luchar para sacar adelante a sus dos hijos varones y de cómo estos, veinte años después, murieron en accidente de tráfico cuando volvían a casa tras una larga noche de juerga y alcohol con los amigos.
   
  –“Pues mire usted, joven, a pesar de todo, aquí estoy. Que voy a cumplir setenta y nueve años el lunes próximo y ya me ve, como una rosa. El destino nos juega a veces malas pasadas, pero el tiempo cura cualquier herida y pone a cada uno en su sitio. No le dé usted más vueltas a sus problemas, que seguro que tienen solución”-.
     
Me deja mudo, no sé que decir. Esta buena mujer ha hecho que me sienta mejor de repente, o al menos más tranquilo, más liberado. María prefiere callar ante tal elocuencia y me sonríe mientras me coge de la mano suavemente.
    
 La viejecita aprovecha el silencio provocado y se despide de nosotros con una sonrisa y un sincero y cariñoso apretón de manos mientras ve aparecer por el fondo al señor párroco que, como todos los días desde hace más de diez años, sube a buscarla para tomar juntos el aperitivo y confesarla de sus pecados.
    
 Dejamos que se marche tras darle nuevamente mil gracias. Hemos de seguir nuestra vida, nuestra aventura, pero no sin antes tomarnos una buena cerveza “Mahou 5 estrellas” bien fría y una estupenda ración de migas en la cafetería del parador que nos saben a gloria bendita y nos sientan de maravilla.
  
   Es hora de subir a nuestro nido de amor. Es hora de amar, de sentir intensamente nuestros cuerpos enlazados. Cogidos de la mano, jugando con la mirada y besándonos con pasión, llegamos por fin hasta la puerta de la habitación (la 305 si mal no recuerdo) y a mi querida María se le ocurre pedirme que la pase en brazos como hacen los recién casados. ¡Claro que sí, por qué no! Qué difícil se hace abrir una puerta, tratar de entornarla con el pié y entrar a la vez, llevando a una persona en los brazos. Prueben a hacerlo y ya me dirán. 
     
Por cierto, que no pienso contar nada de lo que hicimos María y yo en esa habitación. ¿Para qué? Supongo que se lo pueden imaginar. Y les aseguro que por mi parte salí más que satisfecho y feliz.
   
  María es hermosa, muy hermosa de verdad y sabe más que de sobra cómo hacer feliz a un hombre, cómo hacerme feliz. Qué puedo decir de ella sin temor a equivocarme, a no ser del todo justo con ella, a quedarme corto en los halagos, en los sentimientos,  en que sé yo.
   
  Después de un buen rato -magnifico más que bueno- decidimos salir y andar un rato por las empinadas calles en dirección a la catedral. Son las dos de la tarde y la fina lluvia sigue cayendo sin parar. A pesar de todo es buena hora para dar otro paseo tranquilo, estirar los músculos y entretenernos en hacer más fotografías.
    
 Tras unos instantes de callejeo, conseguimos llegar hasta la plaza del Ayuntamiento, llamada Plaza Mayor, a espaldas de la catedral. Allí, un campesino de unos setenta años mal cumplidos, deja pasar el tiempo sentado en un banco, bajo los soportales, mientras se entretiene en contemplar el desgastado mango de su viejo bastón de madera, sin importarle nada de lo que a dos palmos de él pudiera pasar. Hay personas que no están hechas para vivir ociosas.
  
  Imagino que este hombre sería feliz si le dejaran ocuparse de sus terrenos, como posiblemente haya hecho durante toda su vida, pero, tal vez fuese así, las fuerzas le abandonaron hace ya tiempo y hoy en día este buen hombre sólo se siente un estorbo para su familia, que prefieren verle deambular por el pueblo antes que aguantar sus manías y atenderle un poco de vez en cuando.
    
 -“¡Que lástima tener que llegar a viejo para darnos cuenta de lo poco que valemos y del poco aprecio que nadie nos tiene!”-. Nos deja atónitos al oírle decir esto cuando pasamos cerca de él sin que se percate de ello. Decidimos María y yo sentarnos a su lado y así descansar un poco (aún nos tiemblan las piernas) y hacerle un poco de compañía mientras disfrutamos de la vista de la plaza.
    
 El viejo, receloso, nos mira de reojo. Posiblemente estará pensando quienes somos que no le suenan nuestras caras. Un instante después se atreve a dirigirnos la palabra, ofreciéndose a tirarnos una foto, ya que piensa que, al estar solos los dos, nos será difícil obtener una en la que estemos los dos juntos. Una brillante luz surge de sus ojos al sentirse útil por primera vez desde que dejó de levantarse cada amanecer para cumplir con su honrosa tarea. No podemos negarnos, así que le explico el sencillo manejo de la cámara y nos situamos en el lugar adecuado para que proceda gustoso a tal evento. No importa demasiado saber si saldrá o no, pues tan sólo tratamos de hacer feliz por un instante a este pobre viejo.
    
  Ha dejado de lloviznar y un penetrante olor a pan y bollos recién salidos del horno nos llega de no se sabe dónde. Nos despedimos del viejo, quien retorna a la contemplación. El desgastado mango de su bastón de madera será nuevamente su mundo más tangible.
     
El olfato nos conduce hasta una céntrica tahona en la que los restos de harina se dispersan por los zócalos y las ventanas. Una alegre y hermosa jovencita, de unos veintiún años por su apariencia, amasa en el interior lo que más tarde serán barras de pan y hogazas. Al fondo, sudando a mares, su padre, grande, gordo y sonrosado como un cerdito, se cuida de mantener la temperatura del horno mientras que su madre, la clásica marujona, atiende con desparpajo a la clientela que en ese momento se encuentra en el despacho.
    
 Nos sentimos atraídos por todo lo que allí hay expuesto. Decidimos comprar unos dulces típicos de la zona y un panecillo recién hecho que paladeamos entre los dos en un abrir y cerrar de ojos.
    
 Cruzamos hasta la catedral y, al entrar, la encontramos totalmente vacía y oscurecida. Al fondo, un acólito se ocupa de poner velas nuevas en los candelabros, junto al altar mayor. Al sentir nuestra presencia se acerca despacio y nos explica amablemente que la catedral está cerrada en estos momentos y que si no nos importa esperar podremos realizar nuestra visita a partir de las cinco de la tarde. Nos excusamos y salimos en otra dirección donde pasar un rato y, si pudiera ser, comer tranquilos.
     
Las tres menos cuarto de la tarde. Mala hora para cualquier cosa cuando uno anda en tierra extraña. Una tremenda soledad se apodera de calles y plazas. Tan sólo algún que otro despistado transita por aquí al igual que nosotros. Es hora de volver al parador. Como sigamos así vamos a conocer muy bien Sigüenza, pero no vamos a aprovechar nuestro encuentro. No es sólo que no hayamos comido todavía, es que a este paso tampoco vamos a estar juntos una vez más en nuestra habitación, en nuestra compañera de aventura. Estará fría sin nosotros. Sus muros llorarán nuestra ausencia. ¿Pero que coño hacemos que no estamos disfrutando el uno del otro? ¡Vamos de una vez!
    
 Una especie de restaurante, terraza o chiringuito, que no lo tenemos muy claro por la forma del local, es el único sitio con el que nos topamos en el camino de vuelta al parador, hermoso castillo cuyos muros guardarán eternamente nuestro amor. En fin, habrá que entrar si no queremos quedarnos sin comer.
     
Saludamos al entrar a las personas que, apoyadas sobre una vieja y desgastada barra de madera, charlan con un desaliñado camarero que anima la tertulia con las últimas noticias sobre los afortunados con el premio gordo del sorteo que hoy se celebró. Al oírnos, se vuelven en silencio y tras mirar de arriba abajo a María -siempre igual, oye- contestan todos al unísono a nuestro saludo. Me acerco al camarero y le pregunto si podemos comer. Me indica que pasemos al comedor y que allí seremos bien atendidos. La carta es completa. Hay de todo y no excesivamente caro. No sé qué pedir pues, aunque ya hemos saboreado las migas y ese tierno panecillo, lo cierto es que aún no hemos comido como Dios manda y, tras varias horas de paseo y de lo que no fue paseo, noto un vacío en el estómago.
    

 María me dice que a ella no le importaría pasar de la comida (¿?) y, que si lo prefiero, podríamos irnos al parador. Suelta tal carcajada tras decir esto que se llega a oír desde la barra y los allí tertulianos nos miran con cachondeo, cuchicheando entre ellos. Sé que hago mal, pero decido quedarme de momento y pedirle a la camarera una buena botella de vino de Rioja, una ración de jamón ibérico y otra de queso manchego. Ella aprovecha para acudir, con suma discreción, al servicio. Yo aprovecho para ir por tabaco.
     
Al salir busco una esquina en la barra donde situarme sin llamar mucho la atención, pero veo que el camarero me ha servido una cerveza entre su clientela. ¿Será una costumbre o tal vez intenta que no me sienta extraño o sólo? Es curioso, allí donde vamos nos sentimos arropados, protegidos y acompañados por esta buena gente. Y yo que creía que eran aburridos, tristes e infelices. ¡Qué gran error el mío!
     
Cojo un taburete y me siento entre ellos, en donde poder tomarme la cerveza ofrecida.
Uno de los contertulios me pregunta que de dónde venimos y al comentarle que de Madrid, de la capital, me suelta una charla futbolera sobre el Real Madrid de los últimos cuarenta años que la verdad es que ni me va ni me viene, pero que aguanto estoicamente hasta que salga María del servicio, más que nada por no hacerles el feo. Si supiesen lo poco que me importa este deporte pensarían que soy más raro que un perro verde. Me tomo la cerveza, compro el tabaco y tras pagar, me despido de ellos. 
    
 María ya está sentada en el comedor (¿por dónde ha salido?) y observa detenidamente la decoración de éste. Me siento a su lado y le doy un par de besos que me devuelve sin pestañear. ¡Ah, el amor! ¡Bendito amor!
    
 Saboreamos las copiosas raciones de jamón y de queso que con todo esmero nos han preparado. Están de vicio. Lástima que no acompañe el vino que nos han puesto y eso que recuerdo haber dicho claramente que fuera un buen Rioja. Seguro que la botella está rellenada. Tenía que haberme fijado cuando nos la pusieron en la mesa. ¡Ya no tiene remedio!
  
  Son las cuatro y media. Tras pagar la cuenta, tomamos nuevamente el camino en dirección al parador. Hay que rebajar la comida y echarnos una buena siesta y lo que se tercie. Sobre todo lo que se tercie. ¿O no?
     
 -“Oye, Ricky, entremos en la catedral ya que estamos en la puerta, que no es cosa de irse al final sin ver la tumba del Doncel, después de pasar en Sigüenza todo el día. ¿No te parece?”- María me desconcierta a veces. ¿Pero no quería ir al parador sin perder tiempo? ¿Y la siesta? ¿Y lo que se tercie? ¡Mujeres! No hay quién las entienda, en serio.
    
 Hay suerte, la puerta de la catedral está abierta. Entramos sin pensarlo más, no vaya a ser que todavía alguien nos ponga algún tipo de pega. El interior sigue vacío pero no importa. Para disfrutar no es necesaria una muchedumbre acosándonos. Nos acercamos directamente al sacerdote (y no hay duda de que lo es ya que viste con sotana, como antaño) y le rogamos que nos indique lo más destacado de la catedral. Al tenerle ante nosotros observamos que es la misma persona que fue a tomar el aperitivo con la viejecita del parador. María me mira fijamente y cierra de repente los ojos, como si quisiera decirme algo. Le asiento con la cabeza.
    
 Pues este buen señor nos cuenta que sin duda lo más importante es su color y la fortaleza de la edificación. Nos habla del magnífico rosetón románico, del campanario y sobre todo de la tumba del Doncel, del altar de Santa Librada, del mausoleo de Don Fabrique, del sepulcro del Obispo Don Bernardo de Agén, de la sacristía y de la Capilla Mayor. Se nota que ha aprendido bien la lección tras los muchos años de sacerdocio que debe de llevar en el pueblo. Antes de irnos nos entretenemos en disfrutar de la majestuosidad de la obra funeraria del doncel. Parece ajeno al tiempo, mientras lee su libro recostado sobre la almohada. Es una maravilla.
    Las calles se van llenando de niños y jóvenes de todas las edades que acuden prestos a los quioscos para proveerse de chicles, caramelos y demás chucherías que devorarán junto a los amigos, ya sea en el parque, en la explanada del castillo o en los recreativos más cercanos.
   
 Pasa junto a nosotros un grupo de cinco chavales, de unos quince o dieciséis años, todos vestidos de chandal multicolor, enormes zapatillas negras de deporte y mochila de marca a la espalda. Van charlando de las rarezas de uno de los profesores del instituto. Más allá, bajo los soportales, se encuentran las chicas de la pandilla, vecinas de barrio y compañeras de clase, juegos y diversión desde la más tierna infancia.
Poco a poco hemos llegado por fin a donde queríamos. Bueno, eso creo. Que uno ya no sabe si va o viene.
     
 -“María, mi amor, ¿subimos nuevamente a la habitación o deseas que hagamos otra cosa más?”- -“¿Pero Ricky, es que acaso lo dudas? Sabes que no deseo otra cosa desde que vinimos”-
   
 Al final conseguimos pasar un día más que agradable, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte –esto último es un decir, claro-.
 
   Está visto que lo peor que puede hacer uno es encerrarse en sí mismo. Tal vez no hayamos resuelto nada, ni siquiera alejar de mí esa sensación de tristeza, compañera de viaje desde hace algún tiempo, pero al menos hemos puesto una piedra en el camino y, sobre todo, hemos conseguido ser felices por un día. María y yo seguimos estando juntos y nos besamos más que nunca, nos acariciamos con ternura y nos abrazamos con amor. En una palabra, nos amamos.
   
  Que no todo el mundo vive en negativo, ni la vida tiene que ser una continua sucesión de traumas ni nuestro entorno tiene que ser obligatoriamente negro. Ni tan siquiera gris. ¿Por qué no multicolor? Hemos aprendido que la vida y la gente son mejores de lo que parece. Hay que repetir esta experiencia en más ocasiones. Me han hablado de un parador precioso en Chinchón, que antes fue cárcel y convento. También de uno que se encuentra en lo alto de un monte desde el que se ve todo Toledo.
  
   Va siendo hora de volver. Ha empezado a anochecer y hace un frío que pela. Lo de esta mañana al partir no era nada comparado con esto. Antes de iniciar el viaje de regreso, entramos en el parador para echar un último vistazo –es otro decir- y recoger algún recuerdo, como las cerillas, el lápiz, la colonia o el jabón que atentamente ponen en las habitaciones  para uso y disfrute de los clientes. Al salir no puedo evitar que María coja un pomelo de uno de los cestos de frutas que hay de adorno en la escalera. Le atrae su color y aroma.
   
  La nieve cae intensamente. Hemos de salir de aquí lo antes posible no vaya a ser que se hiele el camino y resulte complicado llegar hasta la carretera nacional. Nada más dejar Sigüenza a nuestra espalda, el resto no es más que pura oscuridad, salpicada por el blanco de los copos de nieve que se precipitan sobre el parabrisas del coche. Un buen rato después y, tras escuchar en el cassette los últimos éxitos de Luz Casal, llegamos al punto kilométrico 103. Nos detenemos para calentar un poco el cuerpo y coger un poco de ánimo para el resto del trayecto.
   
  Dicen que la caída de la noche entristece el corazón de los viajeros solitarios, pero ni estoy por la labor ni me encuentro sólo. ¡Qué más quisiera alguno que llevar la compañía que yo llevo!
   
  La ausencia de luz exterior me obliga a concentrarme más en el trazado y a ir un poco más pendiente del resto de los conductores, lo que es un fastidio ya que lo que más deseo en estos momentos es mirar a María y darle cien mil besos y meterle mano –perdón- y compartir con ella el resto del viaje.
   
  Ya a la altura de Torrejón de Ardoz, las luces del horizonte, que anuncian la ciudad, nos atraen como un imán. Sentimos por primera vez ganas de llegar. Madrid es único, tanto de noche como de día, así que sigo recto para poder callejear por el centro de la ciudad y disfrutar así del ambiente y colorido de sus calles y plazas.
   
  Son las once y cuarto y el cansancio se va adueñando de nosotros. Va siendo hora de regresar al hogar y dejar de pasear. Dejo a María en la puerta de su casa. Quiere que tomemos la última en un local cercano, pero el cansancio es ya superior a mis fuerzas y todavía he de volver a casa yo también. No se enfada en absoluto. Lo entiende y me desea buen viaje. Un fuerte beso sella nuestra despedida. La aventura llega a su fin.
  
   Ya no se ve un alma por la calle y cada vez hace más frío. La distancia entre su casa y la mía se hace eterna. Tras unos kilómetros de silencio, roto de vez en cuando por el ruido de algún que otro vehículo al cruzarse conmigo, veo por fin las luces que me indican que ya estoy cerca de casa, lo que me llena de sosiego, que no de alegría. 
  
   El viaje llega a su fin. Este viaje a la felicidad que anuncia un cercano final de la tristeza y la soledad y el comienzo de una nueva vida. ¡Que Dios me oiga!

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