Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

lunes, 19 de octubre de 2009

Tarde de cine, tarde de amor

Madrid, enero de 2001

       Ricky, que es un mocetón de apariencia anglosajona, pelo rubio, ojos grandes azul cristalino, piel sonrosada, piernas largas y muy delgado, nació hace unos quince años en una bella ciudad del mediterráneo, en tierra de naranjos y limoneros, donde la mar reposa tranquila y donde el cielo es de un azul tan intenso que entre éste y la mar no se divisa horizonte alguno, como si una gran cortina celeste cayera desde lo más alto hasta la blanca y fina arena de la playa.

Siempre está alegre y dispuesto a dar todo lo que posee. Le gusta ver feliz a la gente, preguntarse lo impreguntable y atreverse con aquello que los demás se pensarían antes dos o tres veces.

Mayte es una preciosa muchacha de cabellos rubios y lacios, de brillantes ojos verde esmeralda, con cara de ángel y piel de melocotón. Un verdadero bomboncito.

Ricky anda loco por esta preciosidad, por su candor, su frescura, su sencillez. Disfruta escuchando su voz, mirando fijamente su cara y perdiéndose en sueños mientras esta le cuenta la última locura de alguna de sus compañeras de colegio. Y ella lo sabe y se aprovecha bien de ello. Le encanta ver a Ricky colado por sus huesos, colado por ella.

Ambos andan siempre juntos. Los mismos estudios, los mismos gustos e idénticas aficiones. Raro es el día que no se imaginan mil y una aventuras en las que embarcarse o buscan nuevos parajes por los que transitar o parques, museos y exposiciones que visitar o cines de sesión continua en los que disfrutar un buen rato.

Buenos tiempos los años de juventud. Tiempos vividos y soñados. La vida en su apogeo. Cuando los sueños se asemejan a la realidad y ésta siempre parece un sueño.

Cuando se disfruta al instante, sin pensar en el mañana más que lo justo para existir, sin pensar en qué dirán, que para sufrir tiempo habrá.

Juventud, cuando el cuerpo te pide calor y amor. Cuando el espíritu habita en una mirada, en un gesto, en unos labios, en nosotros mismos, en nuestros cuerpos.

Cuando todo lo que se desea tiene nombre y el resto poco o nada importa.

Y Ricky y Mayte son felices como dos niños con zapatos nuevos, como dos pánfilos que acaban de descubrir el amor, el primer amor, el amor de juventud. Ese que nos hace sentir escalofríos, que nos turba el sentido, que nos traba la lengua y nos produce a la vez esa extraña sensación de angustia y paz, de miedo y osadía, de vida y muerte, de llanto y alegría desmedida.

Es viernes y, como todos los viernes desde hace más de tres meses, Ricky se ha acercado por el colegio donde estudia Mayte en busca suya. Ambos piensan ir al Cine Victoria a ver “Dos hombres y un destino”.

Hoy Ricky está como loco por ver a su chica, por estrecharla entre sus brazos, por sentir el calor de su cuerpo.

Minutos más tarde, que a Ricky le han parecido eternos, aparece, por el fondo de la puerta de entrada al centro, la maravillosa Mayte, sonriente y más hermosa que nunca.

Ricky sale disparado a su encuentro, corriendo como un gamo y tropezando con todo el mundo, ciego de amor y deseo. No media palabra entre ellos. Una sonrisa, un beso en la mejilla y un fuerte apretón de manos. Él la mira fijamente dejando escapar una dulce e insinuante sonrisa. Los ojos de Mayte brillan como dos grandes esmeraldas y sus rojos y carnosos labios sueltan al aire un muy excitante beso. Ambos se sienten felices, dichosos.

Poco después, ya lejos de las insidiosas miradas de sus compañeras, Mayte se detiene bruscamente ante Ricky, tirando de éste hasta poder abrazarse fuertemente contra su cuerpo y, acercando su boca a la de él, le da un par de besos con tal pasión que hace que éste se estremezca.

Ambos se miran, cómplices de saborear esa mezcla del bien y del mal, de lo establecido y lo prohibido, con tal destello en sus ojos que presagia placer, el auténtico placer.

Tras unos instantes de silencio compartido, Mayte le pide a Ricky pasear calle abajo, en dirección al parque del Retiro. Ricky, absorto todavía por el par de besos, no deja ni un momento de pensar en lo sentido. Es tal su aturdimiento que camina como un zombi, sin prestar ninguna atención, ni a Mayte ni a nadie.

Ricky despierta de su sueño al tropezar bruscamente con un pobre hombre que espera, cargado de maletas y bultos, junto a su esposa, el taxi salvador que les lleve hasta el aeropuerto de Barajas, donde cogerán un avión con destino a Santiago de Compostela para acudir a la boda de uno de sus nietos.

Mayte se da cuenta entonces de que Ricky está en otro mundo, soñando como de costumbre, sin atender a nada ni a nadie.

Se siente en ese momento decepcionada, triste y enfadada. Ricky, tras pedir las oportunas disculpas al pobre hombre de las maletas, se vuelve raudo hacia Mayte, la coge fuertemente por la cintura, le da un beso en la boca, de esos que dicen saber a gloria, y le susurra tan dulcemente al oído un “te quiero” que Mayte acaba por olvidarse de todo y el cariño, el amor y el deseo vuelve a florecer entre ellos.

El parque del Retiro está precioso en esta época del año, es Otoño, en la que las hojas de los árboles abandonan su habitual verdor y poco a poco se tornan ocres, amarillentas, parduscas o violáceas y en la que un espeso manto de hojas muertas cubre los caminos y las veredas. Los últimos rayos de Sol del atardecer dan el calor y el color necesarios a todo el entorno, convirtiendo este parque en el recinto ideal para pasear, soñar y amar.

Adán y Eva, Romeo y Julieta, Ricky y Mayte, que más da. ¿Acaso importa la edad, el tiempo o las circunstancias? ¿Quién no daría media vida por poder sentir nuevamente el primer amor de juventud?

Tras una hora de encantador paseo, Ricky y Mayte deciden coger, ante la majestuosa Puerta de Alcalá, el primer autobús que pase y los deje lo más cerca del cine.

Durante el trayecto, Mayte le cuenta a Ricky que hoy, Sor Amelia, profesora de Religión y de Educación Cívico Social, había tenido la genial idea de explicar en clase cómo debería de comportarse en sociedad una niña bien educada y de alto rango. La lección, que fue sacada del “Manual de las buenas costumbres”, editado por la Editorial Católica y cuya autora es una noble y muy distinguida señora de la alta sociedad española, adicta a la realeza inglesa, al trato refinado de principios de siglo y a la absenta. El libro no es más que una apología de la ñoñería y el tradicionalismo imperantes en nuestra sociedad.

A comenzado a llover una fina lluvia que casi no se nota, pero que según va pasando el tiempo, va formando un hermoso manto de agua sobre la ciudad. El cielo está grisáceo y la humedad del aire se palpa, cala hasta los huesos. Hay un dulce olor a hierba fresca y a tierra mojada.

El contacto de los neumáticos de los coches sobre el mojado asfalto, el tintineo de las gotas de agua al chocar con los tejados y barandillas y el bullicio de la gente en la calle, crean una atmósfera muy peculiar, muy placentera para los auténticos amantes de la ciudad.

La gente se refugia en bares, tiendas y portales a la espera de que escampe un poco y seguir el ajetreo que les caracteriza.

Algún que otro despistado corre sobre las aceras en busca de un toldo que les salve de llegar calado a su destino. Otros llegarán calados sin importarles demasiado, pues les prima más la urgente necesidad de llegar que las inclemencias del tiempo.

Ricky y Mayte disfrutan de todo esto mientras observan a través del cristal de una de las ventanillas del autobús.

El cine está por fin a la vista. Hemos llegado a nuestro destino. Hay decenas de personas haciendo cola ante la taquilla, ávidas de ver buen cine y de pasar un buen rato junto a la persona querida, a algún que otro familiar o a unos buenos compañeros y amigos.

La película promete: Robert Redford Y Paul Newman son los protagonistas de “Dos hombres y un destino”.

Buena película, buenos actores (y macizos, según Mayte), bella historia, mejor música e inmejorable compañía. ¿Qué más se puede pedir?

Ricky y Mayte esperan abrazados el comienzo de la película. Antes escuchan en el NODO las últimas noticias: Los pormenores de la familia del Generalísimo, el nombre del ganador de la última edición de los premios de la Operación Plus Ultra, la concesión del Nobel de Literatura al disidente ruso Alexander Solzhenitsyn o un pormenorizado seguimiento de las secuelas de la guerra de Vietnam.

El olor a Coca-Cola y palomitas envuelve toda la sala. Ricky y Mayte se cogen fuertemente, se dan unas caricias y unos achuchones y, cómo no, unos cuantos besos.

Como ellos, cientos de parejas de enamorados sueñan, sea cual sea el lugar, en una dulce y maravillosa vida en común, en un prometedor futuro, en un amor verdadero y eterno.

La diosa Venus hará realidad muchos de estos sueños.

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