Recuerdos de toda una vida

Recuerdos de toda una vida”, no son ni serán nunca más que un pequeño cúmulo de reflexiones en torno a la vida y los sentidos. Mis vivencias y añoranzas. De ningún modo busco contar mi historia, ni mis dichas e infortunios. Nada más lejos de la realidad. Tan sólo trataré de relatar aquello que observé, aprendí y sentí a lo largo de la vida, sin más pretensión que la de distraerme un poco y conseguir, al mismo tiempo, liberar mi espíritu inquieto y que alguien disfrute después leyéndolo, siempre que haya alguien dispuesto, por supuesto, que eso es de lo que se trata al fin y al cabo. Así que dejémonos por tanto de historias y, sin más preámbulos: ¡Arriba el telón!

lunes, 19 de octubre de 2009

Mientras te escribo

Madrid, marzo de 2002


        Mientras te escribo estas líneas escucho a Diana Krall como canta bellas melodías de jazz al viejo estilo de los años cincuenta en Bourbon Street. Es muy relajante escucharla. Un encanto como canta esta bella mujer cada canción.

Y me trae tantos recuerdos de amor, de cariño recibido, de pasión vivida, que no puedo por menos que sentir dentro de mí un fuerte escalofrío, una fuerte sensación de placer que recorre lentamente mi desgarrada garganta por el tabaco, mi corazón herido por la crueldad de este mundo injusto y mi cuerpo desnudo y cansado después de sentir que he tirado ventisiete años de vida, de saber que he vivido sin sentido alguno con alguien que no se lo mereció nunca.

Quisiera hacer balance de mi existencia, de mis cuarenta y cinco años largos, pero en este momento y en este lugar sólo quiero recordar tiempos felices y dichosos. Aquellos de mi infancia, en los que la inocencia era la razón de mi existir y mis padres el infinito, o aquellos de la adolescencia, despertando al amor en los brazos de una dulce y preciosa chiquilla de catorce años; o los de la juventud, cuando te corrías mil y una juerga hasta el amanecer, rodeado de buenos amigos; o ya de adulto, sintiendo el placer de ser padre de una hija como Ana. Algo maravilloso, lo juro. O, para terminar, como en esta madurez, entre tus brazos, mi muy amada María, y que Dios te lo pague allá en el cielo, que yo ya lo haré en esta viva e incluso si me apuras, más allá de la eternidad.

Ya sé que de vez en cuando hay momentos tristes en mi entorno. Ya sé que la soledad me mata poco a poco, sobre todo si no soy capaz de digerirla, pero la ilusión por vivir, por ser feliz nuevamente y por sentir de cerca tu amor, me da fuerzas para seguir adelante cada día.

A veces siento que no se puede esperar nada en esta vida, nada de nada ni de nadie. Sé bien que al final no hay nada más allá que uno mismo. Pero, mientras sentimos el placer inmenso de nuestros cuerpos desnudos y abrazados entre sábanas, una dulce mirada,  una caricia a tiempo, un beso perdido, un “te quiero” susurrado en mi oído, es más que suficiente para tener ganas de vivir feliz el resto de mis días.

No le pido a Dios que me retenga en este mundo más de lo necesario. Tan sólo le pido que lo que me reste sea lo más dichoso que pueda uno esperar. Y para ello sólo le pido que no caiga en saco roto mi amor, mi pasión sincera por tí, cariño.

      El mundo anda revuelto. La vida es cada día más complicada. Pero el amor, el verdadero amor, ese que nos vuelve locos, que nos deja sin sentido, que hace que digamos mil y una tontería, ese amor jamás debe de morir, jamás debe de extinguirse entre tú y yo, mi querida María, dulce y amado ángel de la guarda, de mi vida y mi pasión. Te quiero amor.

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