Esta mañana me levanté con ganas de ir a la piscina. Llevo ya quince meses viviendo en la zona y aún no he entrado nunca en la piscina de Peñuelas, que es la que veo siempre que paso por el paseo de la Esperanza en dirección a la “Taberna de mi abuelo”, donde suelo tomarme unas cervezas con los amigos.
La verdad es que no soy muy piscinero, pero como no he salido a ninguna parte de vacaciones esta quincena, creo que no viene mal darse un baño y disfrutar de los últimos rayos de Sol del verano.
Estar tumbado sobre el cesped de la piscina me resulta muy apetecible. Mientras una suave brisa roza mi piel, decenas de jilgueros revolotean en rededor mío en busca de restos de comida que llevarse en el pico.
Es muy agradable seguirles con la vista.
De vez en cuando también se acercan unas cuantas palomas, pero los jilgueros son más astutos y llegan antes que éstas a los restos.
Desde donde estoy situado, al fondo bajo un árbol, siento el chapoteo de la gente que se baña en la piscina, las voces de quienes me rodean y una música flamenca, bastante agradable por cierto, que llega desde un radiocassette que llevan un grupo de chavales.
No hay demasiada gente. Quizá los mismos de siempre, aunque a mí, por ser la primera vez que entro, no me suenan sus caras.
Es todo un espectáculo ver a las señoras paseando tranquilamente por el borde de la piscina mientras comentan entre ellas la boda de la hija de Aznar, que por cierto se celebra esta misma tarde, a varios señores ya jubilados hablando de su juventud y de aquella época en la que fueron trabajadores en activo mientras se masajean suavemente su prominente barriga con las dos manos y a bastantes jóvenes que toman el sol como si éstos últimos días de piscina fuesen imprescindibles para poder seguir luciendo el bronceado durante el resto del año. Al final acabarán perdiéndolo, como es normal.
Una mujer madura, entre cuarenta y cuarenta y cinco años, se sitúa junto a mí. Más bien, casi encima de mí. Mira que hay espacio, pues nada, prefiere molestar y situarse pegada a mi como una lapa.
Me mira, la miro, me vuelve a mirar, la sigo mirando, me sonríe y yo también la sonrío.
Parece que estemos jugando, pero no es cierto. Al menos yo no, que no me interesa en lo más mínimo ni esta mujer ni el resto de los que están en la piscina. No desde el punto de vista personal, sí como curiosidad, que también se aprende observando a la gente que nos rodea. Supongo que todo ésto que está haciendo no es más que ser amable conmigo.
O no, quién sabe lo que anda buscando.
Me levanto disimuladamente y me echo un poco más atrás. Más vale no andarse con tonterías.
Ella no está mal físicamente. Es guapa y tiene buen cuerpo. Se nota que se cuída bien.
Tal vez un poco maquillada de más, teniendo en cuenta que viene a la piscina y se supone que querrá bañarse.
Saca de su bolsa una toalla, con barras banquirrojas como la camiseta del Atletico, unas gafas de sol oscuras, un spray de crema protectora y un paquete de Fortuna que deja sobre las chancletas.
Se vuelve a mirarme y se dá cuenta que sigo observándola ¿Por qué no? Tampoco voy a dejar de mirar y observar todo lo que me rodea porque a ella le inquiete. La piscina es grande y no he sido yo quien ha llegado el último. Pero no se inquieta, más bien le agrada.
Se quita la camiseta, la dobla varias veces y la coloca a modo de almohada sobre la toalla. Después se quita la parte superior del biquini, dejando al aire sus pechos. Sigue mientras tanto mirándome de reojo.
Coje el spray y se embadurna de crema por todo el cuerpo. Se tumba sobre la toalla, situando su cabeza en dirección a mis pies, se pone las gafas de sol oscuras y extiende los brazos hacia abajo, paralelos al cuerpo.
Permanece inmóvil en esa posición durante más de diez minutos, tomándo tranquilamente el sol en topless sin importarle mi presencia.
Tal vez la busca, vete tú a saber.
La vista de esta señora desde mi posición es bastante excitante. La postura que ha tomado hace que uno se fije claramente en sus pechos, en sus caderas y en el púbis, que se le marca claramente bajo el biquini.
Yo, por si acaso, sigo a lo mío. Miro a la gente, observo lo que hacen, escucho lo que dicen, leo el libro que me he llevado, escribo esta historia, fumo algún pitillo que otro o nado un poco en la piscina.
Me relajo totalmente y pienso en mi querida
compañera ante todo. No paro de pensar en ella ni por un instante en mi vida.
Es maravilloso sentirse enamorado.
Bueno, a lo que iba. Lo que me resulta más curioso cuando observo a la gente, es ver cómo actúan cuando están en una piscina y se saben todos con menos ropa que de costumbre.
Y no me refiero a la gente mayor, que la mayoría toma el sol, pasea y charla con los amigos y amigas, más pendientes de lo que hablan o escuchan que del resto de personas que les rodean. Ni a los niños que andan jugueteando por el cesped, ni a los jóvenes menores de treinta años que andan o vacilando con sus amigos y amigas o disfrutando de la compañía de una novia, o como quiera que se diga ahora.
Me refiero a la gente “jóven” entre comillas, a esos que estamos entre los treinta y los cincuenta años. A los maduritos, como suele decirse.
Parece que actuaran como si el hecho de venir a tomar el sol fuese para ellos un verdadero ritual de cortejo. Todo gira en torno al sexo. Como lo de la señora que vino a situarse junto a mí. ¿O no?
Ellos se colocan en los bordes, alejados del centro de la piscina, para así poder mirar mejor a todo aquel o aquella que se sitúe en el centro y ellas, se sitúan y no casualmente, siempre ahí, en ese centro, buscando el ser miradas.
Ellos con la camiseta y las gafas de sol puestas, y ellas con mil potingues sobre su piel y en topless.
Lo de la camiseta de ellos, ¿Será para disimular un poco la erección que les produce tal visión?
De vez en cuando, ellos se levantan del cesped y pasean por el borde de la piscina, pero en vez de ir a lo suyo y terminar dándose un baño refrescante, van con sus gafas de sol negras mirando de reojo a las topleteras que están cerca. Se les nota un montón.
Ellas, por su parte, no paran de dar vueltas en la toalla en busca de la postura más excitante con la que calentar sutílmente a los mirones. De vez en cuando se levantan y se dan un remojón en la ducha, pero ésto lo hacen siempre con el biquini puesto completamente. Posiblemente les dé mucha vergüenza que la gente se fije en sus pechos cuando el agua fría les excita los pezones.
Al final ni unos ni otros entablan conversación alguna. Cada uno viene a lo suyo, a su ritual. Es como estar en el circo. Mientras unos se exhiben antre su público, otros miran y ríen.
Si de verdad quieren pasar un día agradable de verano, no dejen de pasar por la piscina de Peñuelas cualquier día de la semana menos los fines de semana, que es cuando se llena de niños gritones y molestos, de madres cotillas y mal cuidadas, de padres maleducados y más salidos que el pico de una plancha, y de cientos de inmigrantes que, aunque no se meten con nadie, dejan todo hecho un asco. De todas formas, son el futuro de nuestro país, así que habrá que hacerse la idea y tenderles la mano, empezando por mi.
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